

Un conjunto de contenidos de relevancia para comprender y enseñar las perspectivas actuales de los riesgos ambientales y contextualizar la situación de los países en los que se presentan catástrofes como las recientes de Haití y Chile, tan contrastadas.
GESTIÓN DE LOS RIESGOS AMBIENTALES
LIC. DIANA DURÁN
Las catástrofes naturales no avisan es quizá la consigna
más clara que se pueda manifestar frente a la ocurrencia de desastres que si
bien son naturales en su origen, se agravan cuando domina la imprevisión humana
frente a los riesgos ambientales.
En efecto, cuando se
comparan las cifras de víctimas y daños producidos en países desarrollados con
las de los países en desarrollo, es notable advertir las discrepancias. La
prevención de los riesgos de un huracán en Florida revela que en una ciudad como
Miami se evacuen 1.000.000 de personas, con la ostensible mitigación de los
daños; mientras un ciclón tropical en el Sudeste Asiático puede producir miles
de víctimas fatales y daños materiales que no se recuperan por mucho tiempo.
En las últimas décadas aumentó el número de desastres
naturales provocados por el aumento de población y la vulnerabilidad de los
seres humanos. Se estiman en 478.100 muertos los contabilizados en el último
decenio, 2,5 mil millones de personas afectadas, y 690 mil millones de dólares
las pérdidas y daños causados.
Siguen siendo los países en desarrollo los más afectados.
El 95 % de las personas muertas viven en países con bajas rentas per cápita.
Asia es el continente más afectado, con más del 50 % de los muertos totales y
el 90 % de los damnificados. De todos los desastres los hidro-meteorológicos se
destacan con el 97 % de personas afectadas. La hambruna y los períodos de
sequía siguen en África con tasas muy elevadas de damnificados.
En este artículo se
profundizarán los distintos temas referidos a los riesgos ambientales considerados en sentido amplio, como la
influencia o las transformaciones que puede sufrir el medio ambiente humano por
el funcionamiento del medio natural, a través de procesos geológicos,
geomorfológicos, climáticos, hídricos y biológicos de carácter anómalo.
En sentido más
estricto, riesgo ambiental es la
probabilidad de que un espacio geográfico sea dañado por las consecuencias de
distinta vulnerabilidad de un proceso natural, que afectarán a la población,
los asentamientos y las actividades humanas.
En los últimos 20 años, las ideas y conceptos desarrollados en
torno a los desastres han sufrido una transformación paradigmática,
especialmente en el plano científico-académico.
El conocimiento de las causas de ocurrencia de cierto tipo de
amenazas que pueden desatar un desastre es una de las áreas en la cual la
ciencia más avanzó. Actualmente, se sabe cómo se origina una inundación, un
sismo, un huracán o una erupción volcánica, cuáles son las zonas que presentan
mayor riesgo, en qué momento aproximado pueden tener lugar dichos fenómenos e,
incluso, se estima su magnitud. En la medida en que el desastre es
multidimensional, no es conveniente restringir su análisis a una perspectiva
natural o tecnológica, ya que el concepto de desastre es una categoría social.
Los desastres ya no se conciben como sucesos geofísicos aislados,
singulares y extremos, sino que son manifestaciones de un proceso social
continuo que impacta en las condiciones de la vida cotidiana de una sociedad.
Comienza así a perfilarse un enfoque más integral, que analiza al desastre no
sólo como producto, sino también como proceso[1].
Es necesario
diferenciar riesgo ambiental de catástrofe o desastre que resulta de la
efectiva ocurrencia del fenómeno cuando produce consecuencias que afectan, por
ejemplo, a:
• Densas poblaciones
humanas, como en el caso de las inundaciones y ciclones en las zonas monzónicas
o los terremotos en el Cinturón de Fuego del Pacífico.
• Áreas de gran
extensión geográfica, como la sequía del Sahel en África.
• Graves consecuencias
económicas como las inundaciones y sequías en la llanura chaco-pampeana.
También se debe
destacar la existencia de riesgos tecnológicos, que si bien tienen un orden de
magnitud menor a los naturales, podrán crecer en su importancia relativa de
manera proporcional al avance tecnológico. Aquí cabe recordar el accidente de
la central nuclear de Chernobyl (Ucrania) en 1986 (que podría ser responsable
de 14.000 a 475.000 muertes por cáncer) o la explosión de gas en Guadalajara
(México), que devastó gran parte de la ciudad.
Riesgo, amenaza y
vulnerabilidad: conceptos clave
Todos los
años, más de 200 millones de personas resultan afectadas por las sequías,
inundaciones, ciclones, terremotos, incendios forestales y otras amenazas.
Además de la pobreza, la creciente urbanización, la degradación ambiental y el
calentamiento global están logrando que las consecuencias de los riesgos
ambientales empeoren aún más.
Los
acontecimientos de los últimos años refieren que las amenazas naturales pueden
afectar a toda la humanidad, en cualquier espacio geográfico. Del tsunami del
océano Índico al terremoto en el sur de Asia, de la devastación que produjeron
los huracanes y ciclones en los Estados Unidos, el Caribe y el Pacífico, a las
fuertes inundaciones en Europa y Asia, los terremotos de Japón y Haití, cientos
de miles de personas han perdido sus vidas y millones sus fuentes de trabajo
debido a los desastres ocasionados por las amenazas naturales.
A pesar
de que muchos los resultados de estos desastres, lo que pocos se dan cuenta es
que ellos puede prevenirse mediante iniciativas para la gestión del riesgo ambiental.
Los
Estados de todo el mundo se han comprometido a tomar medidas para reducir el
riesgo de desastres y han adoptado un lineamiento denominado el Marco de Acción de Hyogo para reducir
las vulnerabilidades frente a las amenazas naturales. El Marco le ofrece
asistencia a los esfuerzos de las naciones y comunidades para volverse más
resistentes a las amenazas que ponen en riesgo los beneficios del desarrollo y
para enfrentarlas de mejor forma.
La
cooperación es la base del Marco de Hyogo[2]:
los desastres pueden afectar a cualquiera y por lo tanto son un asunto de
todos. La reducción del riesgo de desastres debe formar parte de la toma de
decisiones cotidianas, desde la forma en que la gente educa a sus hijos e hijas
hasta cómo se planifican las ciudades. Cada decisión puede producir mayor
vulnerabilidad o, por el contrario, disminuirla.
Frente al comportamiento de los factores
naturales generadores de situaciones potenciales de riesgo, son las
características y el comportamiento del grupo o grupos sociales en cuyo
territorio se desarrollan éstas, el factor que determina realmente la importancia
e incluso la propia existencia de riesgo. Estas características y
comportamientos determinan el grado en que puede verse afectado el conjunto
social frente a los fenómenos naturales y la componente hostil que puedan
incorporar. El umbral que establece el paso desde el riesgo potencial al de
evento catastrófico no está determinado tanto por la oscilación de los
parámetros naturales como por las peculiaridades de la ocupación humana del
espacio afectado, hasta el punto de que en el interior de un territorio acotado
como espacio de riesgo, por ser el ámbito de un fenómeno natural de este
carácter (área inundable, zona sísmica, etc.) los espacios de catástrofe pueden
variar mucho, e incluso no existir en relación con rasgos de la organización de
la población afectada.
El desastre como producto puede ser de gran impacto, como lo fueron los terremotos
de Kobe (1994) y de México, en 1985. Sin embargo, también se evidencia en la
presencia de pequeñas rupturas o desequilibrios (inundaciones leves, cortes de
luz, incendios puntuales, etc.) que suceden con mayor frecuencia pero que,
acumulados, adquieren un valor significativo, a veces, hasta más importante que
el de los grandes desastres.
El desastre como proceso se capta en la creación de las condiciones de riesgo a
través del tiempo, como el resultado de la interacción entre determinados
eventos desencadenantes (amenazas) y las vulnerabilidades de la sociedad. En
tal sentido, la probabilidad de que un evento desencadenante se convierta en
desastre depende de la vulnerabilidad de la sociedad o de ciertos grupos
sociales.
Bajo este enfoque, el desastre es un continuo que incluye la
generación de las condiciones de riesgo, la emergencia, y sus posteriores
efectos sobre el territorio, la economía, la sociedad y la política.[3]
Si
ocurriese un terremoto en un área desértica, por más intenso que fuera, no
constituiría un desastre. Así, no todo acontecimiento crítico se convierte
automáticamente en desastre, para que ello ocurra, el evento debe impactar en
una sociedad y superar la capacidad de la misma para hacerle frente. Por
ejemplo, una inundación como fenómeno natural, forma parte del comportamiento
hidrometeorológico de una región o sub-región. Se convierte en desastre cuando
irrumpe su cotidianeidad y da lugar a consecuencias sociales, económicas y
políticas que suponen una regresión y un retraso en el nivel de desarrollo que
presenta esa sociedad. [4]
El riesgo es una condición latente o
potencial y su nivel o grado, depende de la intensidad probable del evento
desencadenante y de los niveles de vulnerabilidad existentes. Así entendido, el
riesgo es la probabilidad de ocurrencia de un desastre. Para que exista un
riesgo, debe haber tanto elementos detonadores (sean de orden natural, socio
natural, antrópico y/o tecnológico), como una población vulnerable a sus
impactos.
Los
desastres ponen de manifiesto la relación extrema entre los eventos
desencadenantes y la estructura y organización de la sociedad, de tal manera
que se constituyen en procesos y momentos fatídicos que superan la capacidad
material de la población para absorber, amortiguar o evitar los efectos
negativos del acontecimiento físico.
No existen
conceptos absolutos, que describan una realidad física y que sean
independientes de la acción humana. Todos los desastres son el resultado de
acciones humanas, relacionadas con procesos sociales, políticos e históricos,
territorialmente acotados y conformados.
El desastre
es la actualización del grado de vulnerabilidad existente en la sociedad,
producido por una inadecuada relación entre esa sociedad y el medio físico,
natural y construido, que lo rodea. Como producto de esa interacción, un
desastre configura un delator extremo de la falta de soluciones adecuadas a
situaciones límites que prexisten en estado latente. A su vez, capta la esencia
del contexto de crisis que se extiende a meses o años posteriores al evento
físico.
Así
conceptualizado, o tejiendo más finamente la definición social de desastre e
intentando introducir elementos del mundo natural y social, un desastre representa
el punto culminante, la crisis desatada por un continuo proceso de desajuste de
la sociedad, de sus formas de asentamiento, construcción, producción y
convivencia con el ambiente natural. En consecuencia, el desastre representa
una manifestación del inadecuado manejo del ambiente y la ausencia de
principios de sustentabilidad. Como toda crisis, el desastre también es una
oportunidad porque pone bajo la lupa y permite analizar la acumulación de
ciertas vulnerabilidades, la atención durante la emergencia, la preparación y
la prevención. En otras palabras, es también una oportunidad para aprender a
manejar o gestionar el riesgo.
Los
desastres ocurren cuando no se conoce o no se actúa adecuadamente frente a los
riesgos a los que estamos expuestos.
Es
importante reconocer que los procesos de conformación del riesgo, la
vulnerabilidad y los desastres serán siempre objeto de intereses
controvertidos. Esto es así porque dichos procesos se constituyen a partir de
los encuentros y desencuentros de múltiples actores sociales y de
racionalidades, intereses y lógicas diversas. En este sentido, las definiciones
que se hagan de estos conceptos tendrán este mismo conjunto de limitaciones o
condicionamientos y, al no ser neutras, suponen implícita o explícitamente la
elección de una determinada escala de valores.
Tipos de riesgos
ambientales
Los riesgos ambientales
pueden clasificarse según la esfera de la Tierra donde se originan, según como
se muestra en el siguiente cuadro.
No es necesario abundar
en la caracterización de estos riesgos que se pueden localizar en la
bibliografía pertinente, indicada en este capítulo.
Parámetros
y características de los riesgos ambientales
El análisis de los
riesgos ambientales abarca los parámetros que regulan el funcionamiento del
proceso natural que los origina. Incluye:
|
PARAMETROS |
CARACTERÍSTICAS |
|
Agentes |
Son los factores que
dan origen al riesgo ambiental. Son exógenos (biológicos, climáticos,
hídricos) o endógenos (geológicos). |
|
Frecuencia |
Períodos de retorno,
periodicidad o recurrencia del riesgo. |
|
Duración |
Tiempo que dura el
fenómeno, desde pocos minutos, como un terremoto, hasta meses o años, como
una sequía. |
|
Área de riesgo |
Es el espacio
geográfico potencialmente afectable. |
|
Intensidad |
Es la medida de los
efectos del fenómeno sobre los ecosistemas, el paisaje, la población, las
actividades y las obras humanas. La magnitud del
fenómeno se expresa en distintas unidades (tasa de flujo en m3 por
segundo del desborde de un río, la extensión areal de una sequía, o la escala
de un terremoto, entre otras). |
|
Velocidad de ataque |
Es el tiempo
transcurrido en que se inicia el fenómeno hasta su máxima actividad. Los
terremotos, por ejemplo, tienen una gran velocidad; mientras las sequías son
lentas. |
|
Difusión espacial |
Combina la velocidad
de llegada con la extensión areal máxima que alcanza el fenómeno. Por
ejemplo, el caso de una epidemia que puede llegar a tener una amplia difusión
espacial. |
|
Fuente: reelaborado
en base a DURAN, Diana. La Argentina Ambiental. Buenos Aires. Lugar
Editorial. |
|
La
gestión de los riesgos ambientales
La gestión de riesgos
ambientales es el enfoque que hoy se tiene de lo que debe ser una nueva cultura
ciudadana, orientada a la seguridad de las personas, sobre la base de sus
derechos. Este concepto es eminentemente educativo. Supone transferir valores y
principios de solidaridad, promover la participación, la cooperación y el
diálogo para el desarrollo de las capacidades que requiere el ciudadano.
La gestión de riesgo es
la manera de incrementar la capacidad de las personas, instituciones educativas
y comunidad para transformar las condiciones de vulnerabilidad en las que viven
y actúan, para prepararse y afrontar las emergencias.[5]
Es un proceso para la
reducción de las condiciones de riesgo en una determinada colectividad. Este
proceso implica planificación, es decir: objetivos y estrategias; concertación
(acuerdos entre actores diversos para ser parte del problema); participación
(la población se moviliza para ejecutarlo); y debe tener carácter integral, es
decir abarcar la mayor parte de aspectos involucrados (económicos, políticos,
sociales, etc.)
El enfoque de gestión
de riesgo se caracteriza por: promover la participación institucional y
personal de todos, incluyendo a los niños y adolescentes; preparar un sistema
de respuestas que implica reducir riesgos con anterioridad a cualquier evento
desastroso.
¿Qué
es la evaluación de riesgos (ER)?
Es un instrumento de
planificación participativa[6], que nos
permite:
• Ubicar y evaluar los
escenarios de riesgos y recursos disponibles.
• Utilizar de manera
pertinente y oportuna la información.
• Tomar decisiones con
mayor racionalidad y eficacia.
Para la evaluación de
riesgos se debe tomar en cuenta las percepciones, es decir las experiencias y
los conocimientos que la población tiene sobre su historia, cómo la cuentan,
que refleja de qué manera la comprenden y qué han aprendido de ella. La ER permite
determinar la naturaleza y dimensiones de las probables pérdidas, y debe
contener los siguientes elementos:
- Un
análisis de las amenazas que pueden ser de muy distinto tipo, pero que
según la localización tienden hacia ciertas características: áreas
sísmicas, quebradas y áreas de deslizamientos, cauces de los ríos, etc.;
así como de los factores que aumentan los riesgos (deforestación, erosión,
filtraciones, obras que alteran el ambiente, etc.). Para ello es
importante tener en cuenta los antecedentes de ocurrencia de fenómenos
destructivos que permitan establecer cómo se desencadenan y desarrollan
los fenómenos.
- Un
análisis de la vulnerabilidad, que debe expresar:
1) Cómo las personas se
encuentran expuestas en razón de su edad, condiciones de género, salud,
educación, etc.
2) Cuáles son las
características de las viviendas, edificios y otros espacios de actividad, que
utiliza la gente en relación con el tipo de amenaza. Por ejemplo, para evaluar
la vulnerabilidad de la institución educativa es necesario identificar y analizar
su ubicación, el tipo de construcción, el estado de las instalaciones de agua y
alcantarillado, del sistema eléctrico. Así mismo, las peculiaridades de la
edificación: zonas de evacuación, acceso a vías principales y alternas, áreas
libres para posible albergue, ubicación y comunicación con los servicios de
bomberos y de salud.
- Identificación
de recursos materiales y capacidades locales existentes.
Para ello es
conveniente hacer un listado de los equipos e insumos necesarios para responder
adecuadamente a las emergencias y de los recursos familiares y comunitarios que
puedan ser orientados a la reducción de riesgos. La identificación de las
capacidades comprende a las instituciones y a las organizaciones de la
comunidad. Se trata de saber hasta qué punto dichas instituciones y
organizaciones pueden participar en la gestión de riesgos y en la respuesta a
emergencias; y qué necesidades deben y pueden ser resueltas para estar en mejor
preparación ante las amenazas existentes. Las evaluaciones de riesgo deben
hacerse mediante procedimientos de participación y con criterio didáctico,
haciendo posible el fortalecimiento de las organizaciones locales en el liderazgo
de la acción preventiva. Así mismo, deben contener propuestas técnicas y de
organización para reducir los riesgos y estar más aptos para enfrentar las
emergencias.
[1] HERZER, Hilda et al. (2002) Convivir con el riesgo o la gestión
del riesgo. http://www.cesam.org.ar/que.htm
[2] Estrategia
Internacional para la protección de los desastres (2005)
Marco de
Acción de Hyogo. 2005-2015
http://www.unisdr.org/eng/hfa/docs/HFA-brochure-Spanish.pdf
[3] HERZER, Hilda et al. (2002) Convivir con el riesgo o la gestión
del riesgo. http://www.cesam.org.ar/que.htm
[4] HERZER, Hilda et al. (2002) Óp. Cit.
[5] OLIVERA, Jorge. MARISCAL Jorge FERRADAS Olivera (2005) Manual de
gestión de riesgo en las instituciones educativas. Lima: ITDG.
[6] OLIVERA, Jorge. MARISCAL Jorge FERRADAS Olivera (2005) Óp. Cit.
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