miércoles, 3 de marzo de 2010

GESTIÓN DE LOS RIESGOS AMBIENTALES




Un conjunto de contenidos de relevancia para comprender y enseñar las perspectivas actuales de los riesgos ambientales y contextualizar la situación de los países en los que se presentan catástrofes como las recientes de Haití y Chile, tan contrastadas.

GESTIÓN DE LOS RIESGOS AMBIENTALES

LIC. DIANA DURÁN

 

Las catástrofes naturales no avisan es quizá la consigna más clara que se pueda manifestar frente a la ocurrencia de desastres que si bien son naturales en su origen, se agravan cuando domina la imprevisión humana frente a los riesgos ambientales.

En efecto, cuando se comparan las cifras de víctimas y daños producidos en países desarrollados con las de los países en desarrollo, es notable advertir las discrepancias. La prevención de los riesgos de un huracán en Florida revela que en una ciudad como Miami se evacuen 1.000.000 de personas, con la ostensible mitigación de los daños; mientras un ciclón tropical en el Sudeste Asiático puede producir miles de víctimas fatales y daños materiales que no se recuperan por mucho tiempo.

En las últimas décadas aumentó el número de desastres naturales provocados por el aumento de población y la vulnerabilidad de los seres humanos. Se estiman en 478.100 muertos los contabilizados en el último decenio, 2,5 mil millones de personas afectadas, y 690 mil millones de dólares las pérdidas y daños causados.

Siguen siendo los países en desarrollo los más afectados. El 95 % de las personas muertas viven en países con bajas rentas per cápita. Asia es el continente más afectado, con más del 50 % de los muertos totales y el 90 % de los damnificados. De todos los desastres los hidro-meteorológicos se destacan con el 97 % de personas afectadas. La hambruna y los períodos de sequía siguen en África con tasas muy elevadas de damnificados.

En este artículo se profundizarán los distintos temas referidos a los riesgos ambientales considerados en sentido amplio, como la influencia o las transformaciones que puede sufrir el medio ambiente humano por el funcionamiento del medio natural, a través de procesos geológicos, geomorfológicos, climáticos, hídricos y biológicos de carácter anómalo.

En sentido más estricto, riesgo ambiental es la probabilidad de que un espacio geográfico sea dañado por las consecuencias de distinta vulnerabilidad de un proceso natural, que afectarán a la población, los asentamientos y las actividades humanas.

En los últimos 20 años, las ideas y conceptos desarrollados en torno a los desastres han sufrido una transformación paradigmática, especialmente en el plano científico-académico.

El conocimiento de las causas de ocurrencia de cierto tipo de amenazas que pueden desatar un desastre es una de las áreas en la cual la ciencia más avanzó. Actualmente, se sabe cómo se origina una inundación, un sismo, un huracán o una erupción volcánica, cuáles son las zonas que presentan mayor riesgo, en qué momento aproximado pueden tener lugar dichos fenómenos e, incluso, se estima su magnitud. En la medida en que el desastre es multidimensional, no es conveniente restringir su análisis a una perspectiva natural o tecnológica, ya que el concepto de desastre es una categoría social.

Los desastres ya no se conciben como sucesos geofísicos aislados, singulares y extremos, sino que son manifestaciones de un proceso social continuo que impacta en las condiciones de la vida cotidiana de una sociedad. Comienza así a perfilarse un enfoque más integral, que analiza al desastre no sólo como producto, sino también como proceso[1].

Es necesario diferenciar riesgo ambiental de catástrofe o desastre que resulta de la efectiva ocurrencia del fenómeno cuando produce consecuencias que afectan, por ejemplo, a:

• Densas poblaciones humanas, como en el caso de las inundaciones y ciclones en las zonas monzónicas o los terremotos en el Cinturón de Fuego del Pacífico.

• Áreas de gran extensión geográfica, como la sequía del Sahel en África.

• Graves consecuencias económicas como las inundaciones y sequías en la llanura chaco-pampeana.

También se debe destacar la existencia de riesgos tecnológicos, que si bien tienen un orden de magnitud menor a los naturales, podrán crecer en su importancia relativa de manera proporcional al avance tecnológico. Aquí cabe recordar el accidente de la central nuclear de Chernobyl (Ucrania) en 1986 (que podría ser responsable de 14.000 a 475.000 muertes por cáncer) o la explosión de gas en Guadalajara (México), que devastó gran parte de la ciudad.

 

Riesgo, amenaza y vulnerabilidad: conceptos clave

 

Todos los años, más de 200 millones de personas resultan afectadas por las sequías, inundaciones, ciclones, terremotos, incendios forestales y otras amenazas. Además de la pobreza, la creciente urbanización, la degradación ambiental y el calentamiento global están logrando que las consecuencias de los riesgos ambientales empeoren aún más.

Los acontecimientos de los últimos años refieren que las amenazas naturales pueden afectar a toda la humanidad, en cualquier espacio geográfico. Del tsunami del océano Índico al terremoto en el sur de Asia, de la devastación que produjeron los huracanes y ciclones en los Estados Unidos, el Caribe y el Pacífico, a las fuertes inundaciones en Europa y Asia, los terremotos de Japón y Haití, cientos de miles de personas han perdido sus vidas y millones sus fuentes de trabajo debido a los desastres ocasionados por las amenazas naturales.

A pesar de que muchos los resultados de estos desastres, lo que pocos se dan cuenta es que ellos puede prevenirse mediante iniciativas para la gestión del riesgo ambiental.

Los Estados de todo el mundo se han comprometido a tomar medidas para reducir el riesgo de desastres y han adoptado un lineamiento denominado el Marco de Acción de Hyogo para reducir las vulnerabilidades frente a las amenazas naturales. El Marco le ofrece asistencia a los esfuerzos de las naciones y comunidades para volverse más resistentes a las amenazas que ponen en riesgo los beneficios del desarrollo y para enfrentarlas de mejor forma.

La cooperación es la base del Marco de Hyogo[2]: los desastres pueden afectar a cualquiera y por lo tanto son un asunto de todos. La reducción del riesgo de desastres debe formar parte de la toma de decisiones cotidianas, desde la forma en que la gente educa a sus hijos e hijas hasta cómo se planifican las ciudades. Cada decisión puede producir mayor vulnerabilidad o, por el contrario, disminuirla.

Frente al comportamiento de los factores naturales generadores de situaciones potenciales de riesgo, son las características y el comportamiento del grupo o grupos sociales en cuyo territorio se desarrollan éstas, el factor que determina realmente la importancia e incluso la propia existencia de riesgo. Estas características y comportamientos determinan el grado en que puede verse afectado el conjunto social frente a los fenómenos naturales y la componente hostil que puedan incorporar. El umbral que establece el paso desde el riesgo potencial al de evento catastrófico no está determinado tanto por la oscilación de los parámetros naturales como por las peculiaridades de la ocupación humana del espacio afectado, hasta el punto de que en el interior de un territorio acotado como espacio de riesgo, por ser el ámbito de un fenómeno natural de este carácter (área inundable, zona sísmica, etc.) los espacios de catástrofe pueden variar mucho, e incluso no existir en relación con rasgos de la organización de la población afectada.

El desastre como producto puede ser de gran impacto, como lo fueron los terremotos de Kobe (1994) y de México, en 1985. Sin embargo, también se evidencia en la presencia de pequeñas rupturas o desequilibrios (inundaciones leves, cortes de luz, incendios puntuales, etc.) que suceden con mayor frecuencia pero que, acumulados, adquieren un valor significativo, a veces, hasta más importante que el de los grandes desastres.

El desastre como proceso se capta en la creación de las condiciones de riesgo a través del tiempo, como el resultado de la interacción entre determinados eventos desencadenantes (amenazas) y las vulnerabilidades de la sociedad. En tal sentido, la probabilidad de que un evento desencadenante se convierta en desastre depende de la vulnerabilidad de la sociedad o de ciertos grupos sociales.

Bajo este enfoque, el desastre es un continuo que incluye la generación de las condiciones de riesgo, la emergencia, y sus posteriores efectos sobre el territorio, la economía, la sociedad y la política.[3]

Si ocurriese un terremoto en un área desértica, por más intenso que fuera, no constituiría un desastre. Así, no todo acontecimiento crítico se convierte automáticamente en desastre, para que ello ocurra, el evento debe impactar en una sociedad y superar la capacidad de la misma para hacerle frente. Por ejemplo, una inundación como fenómeno natural, forma parte del comportamiento hidrometeorológico de una región o sub-región. Se convierte en desastre cuando irrumpe su cotidianeidad y da lugar a consecuencias sociales, económicas y políticas que suponen una regresión y un retraso en el nivel de desarrollo que presenta esa sociedad. [4]

El riesgo es una condición latente o potencial y su nivel o grado, depende de la intensidad probable del evento desencadenante y de los niveles de vulnerabilidad existentes. Así entendido, el riesgo es la probabilidad de ocurrencia de un desastre. Para que exista un riesgo, debe haber tanto elementos detonadores (sean de orden natural, socio natural, antrópico y/o tecnológico), como una población vulnerable a sus impactos.

Los desastres ponen de manifiesto la relación extrema entre los eventos desencadenantes y la estructura y organización de la sociedad, de tal manera que se constituyen en procesos y momentos fatídicos que superan la capacidad material de la población para absorber, amortiguar o evitar los efectos negativos del acontecimiento físico.

No existen conceptos absolutos, que describan una realidad física y que sean independientes de la acción humana. Todos los desastres son el resultado de acciones humanas, relacionadas con procesos sociales, políticos e históricos, territorialmente acotados y conformados.

El desastre es la actualización del grado de vulnerabilidad existente en la sociedad, producido por una inadecuada relación entre esa sociedad y el medio físico, natural y construido, que lo rodea. Como producto de esa interacción, un desastre configura un delator extremo de la falta de soluciones adecuadas a situaciones límites que prexisten en estado latente. A su vez, capta la esencia del contexto de crisis que se extiende a meses o años posteriores al evento físico.

Así conceptualizado, o tejiendo más finamente la definición social de desastre e intentando introducir elementos del mundo natural y social, un desastre representa el punto culminante, la crisis desatada por un continuo proceso de desajuste de la sociedad, de sus formas de asentamiento, construcción, producción y convivencia con el ambiente natural. En consecuencia, el desastre representa una manifestación del inadecuado manejo del ambiente y la ausencia de principios de sustentabilidad. Como toda crisis, el desastre también es una oportunidad porque pone bajo la lupa y permite analizar la acumulación de ciertas vulnerabilidades, la atención durante la emergencia, la preparación y la prevención. En otras palabras, es también una oportunidad para aprender a manejar o gestionar el riesgo.

Los desastres ocurren cuando no se conoce o no se actúa adecuadamente frente a los riesgos a los que estamos expuestos.

Es importante reconocer que los procesos de conformación del riesgo, la vulnerabilidad y los desastres serán siempre objeto de intereses controvertidos. Esto es así porque dichos procesos se constituyen a partir de los encuentros y desencuentros de múltiples actores sociales y de racionalidades, intereses y lógicas diversas. En este sentido, las definiciones que se hagan de estos conceptos tendrán este mismo conjunto de limitaciones o condicionamientos y, al no ser neutras, suponen implícita o explícitamente la elección de una determinada escala de valores.

 

Tipos de riesgos ambientales

Los riesgos ambientales pueden clasificarse según la esfera de la Tierra donde se originan, según como se muestra en el siguiente cuadro.

 

No es necesario abundar en la caracterización de estos riesgos que se pueden localizar en la bibliografía pertinente, indicada en este capítulo.

 

Parámetros y características de los riesgos ambientales

 

El análisis de los riesgos ambientales abarca los parámetros que regulan el funcionamiento del proceso natural que los origina. Incluye:

 

 

PARAMETROS

 

 

CARACTERÍSTICAS

Agentes

Son los factores que dan origen al riesgo ambiental. Son exógenos (biológicos, climáticos, hídricos) o endógenos (geológicos).

Frecuencia

Períodos de retorno, periodicidad o recurrencia del riesgo.

Duración

Tiempo que dura el fenómeno, desde pocos minutos, como un terremoto, hasta meses o años, como una sequía.

Área de riesgo

Es el espacio geográfico potencialmente afectable.

Intensidad

Es la medida de los efectos del fenómeno sobre los ecosistemas, el paisaje, la población, las actividades y las obras humanas.

La magnitud del fenómeno se expresa en distintas unidades (tasa de flujo en m3 por segundo del desborde de un río, la extensión areal de una sequía, o la escala de un terremoto, entre otras).

Velocidad de ataque

Es el tiempo transcurrido en que se inicia el fenómeno hasta su máxima actividad. Los terremotos, por ejemplo, tienen una gran velocidad; mientras las sequías son lentas.

Difusión espacial

Combina la velocidad de llegada con la extensión areal máxima que alcanza el fenómeno. Por ejemplo, el caso de una epidemia que puede llegar a tener una amplia difusión espacial.

Fuente: reelaborado en base a DURAN, Diana. La Argentina Ambiental. Buenos Aires. Lugar Editorial.

 

La gestión de los riesgos ambientales

 

La gestión de riesgos ambientales es el enfoque que hoy se tiene de lo que debe ser una nueva cultura ciudadana, orientada a la seguridad de las personas, sobre la base de sus derechos. Este concepto es eminentemente educativo. Supone transferir valores y principios de solidaridad, promover la participación, la cooperación y el diálogo para el desarrollo de las capacidades que requiere el ciudadano.

La gestión de riesgo es la manera de incrementar la capacidad de las personas, instituciones educativas y comunidad para transformar las condiciones de vulnerabilidad en las que viven y actúan, para prepararse y afrontar las emergencias.[5]

Es un proceso para la reducción de las condiciones de riesgo en una determinada colectividad. Este proceso implica planificación, es decir: objetivos y estrategias; concertación (acuerdos entre actores diversos para ser parte del problema); participación (la población se moviliza para ejecutarlo); y debe tener carácter integral, es decir abarcar la mayor parte de aspectos involucrados (económicos, políticos, sociales, etc.)

El enfoque de gestión de riesgo se caracteriza por: promover la participación institucional y personal de todos, incluyendo a los niños y adolescentes; preparar un sistema de respuestas que implica reducir riesgos con anterioridad a cualquier evento desastroso.

 

¿Qué es la evaluación de riesgos (ER)?

 

Es un instrumento de planificación participativa[6], que nos permite:

 

• Ubicar y evaluar los escenarios de riesgos y recursos disponibles.

• Utilizar de manera pertinente y oportuna la información.

• Tomar decisiones con mayor racionalidad y eficacia.

Para la evaluación de riesgos se debe tomar en cuenta las percepciones, es decir las experiencias y los conocimientos que la población tiene sobre su historia, cómo la cuentan, que refleja de qué manera la comprenden y qué han aprendido de ella. La ER permite determinar la naturaleza y dimensiones de las probables pérdidas, y debe contener los siguientes elementos:

  • Un análisis de las amenazas que pueden ser de muy distinto tipo, pero que según la localización tienden hacia ciertas características: áreas sísmicas, quebradas y áreas de deslizamientos, cauces de los ríos, etc.; así como de los factores que aumentan los riesgos (deforestación, erosión, filtraciones, obras que alteran el ambiente, etc.). Para ello es importante tener en cuenta los antecedentes de ocurrencia de fenómenos destructivos que permitan establecer cómo se desencadenan y desarrollan los fenómenos.
  • Un análisis de la vulnerabilidad, que debe expresar:

 

1) Cómo las personas se encuentran expuestas en razón de su edad, condiciones de género, salud, educación, etc.

2) Cuáles son las características de las viviendas, edificios y otros espacios de actividad, que utiliza la gente en relación con el tipo de amenaza. Por ejemplo, para evaluar la vulnerabilidad de la institución educativa es necesario identificar y analizar su ubicación, el tipo de construcción, el estado de las instalaciones de agua y alcantarillado, del sistema eléctrico. Así mismo, las peculiaridades de la edificación: zonas de evacuación, acceso a vías principales y alternas, áreas libres para posible albergue, ubicación y comunicación con los servicios de bomberos y de salud.

  • Identificación de recursos materiales y capacidades locales existentes.

Para ello es conveniente hacer un listado de los equipos e insumos necesarios para responder adecuadamente a las emergencias y de los recursos familiares y comunitarios que puedan ser orientados a la reducción de riesgos. La identificación de las capacidades comprende a las instituciones y a las organizaciones de la comunidad. Se trata de saber hasta qué punto dichas instituciones y organizaciones pueden participar en la gestión de riesgos y en la respuesta a emergencias; y qué necesidades deben y pueden ser resueltas para estar en mejor preparación ante las amenazas existentes. Las evaluaciones de riesgo deben hacerse mediante procedimientos de participación y con criterio didáctico, haciendo posible el fortalecimiento de las organizaciones locales en el liderazgo de la acción preventiva. Así mismo, deben contener propuestas técnicas y de organización para reducir los riesgos y estar más aptos para enfrentar las emergencias.



[1] HERZER, Hilda et al. (2002) Convivir con el riesgo o la gestión del riesgo. http://www.cesam.org.ar/que.htm

 

[2] Estrategia Internacional para la protección de los desastres (2005) Marco de Acción de Hyogo. 2005-2015 http://www.unisdr.org/eng/hfa/docs/HFA-brochure-Spanish.pdf

[3] HERZER, Hilda et al. (2002) Convivir con el riesgo o la gestión del riesgo. http://www.cesam.org.ar/que.htm

[4] HERZER, Hilda et al. (2002) Óp. Cit.

 

[5] OLIVERA, Jorge. MARISCAL Jorge FERRADAS Olivera (2005) Manual de gestión de riesgo en las instituciones educativas. Lima: ITDG.

[6] OLIVERA, Jorge. MARISCAL Jorge FERRADAS Olivera (2005) Óp. Cit.

 


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