DÍA DE LA
TIERRA. EL VALOR DE LA GEOGRAFÍA EN UN MUNDO MEDIADO POR EL CIBERESPACIO
Profesora Carla Martínez
La Tierra
que pisamos y la Tierra que miramos
Como
sabemos la Geografía sigue siendo clave para pensar la Tierra porque hoy los
problemas ambientales se viven en territorios concretos, pero se comprenden, se
discuten y se gestionan crecientemente a través de datos, mapas y plataformas
digitales, que se gestionan en la nube y es esta misma nube la que hoy
está reconfigurando los territorios de manera alarmantemente rápida.
La pregunta que resulta inevitable es: ¿cuántas decisiones sobre el ambiente se toman mirando una pantalla?
En la
vida cotidiana vemos la Tierra en dos capas. Por un lado, la capa
material: el suelo, el agua, el aire, los ecosistemas, las ciudades y las
infraestructuras.
Por otro
lado, una capa digital: mapas en el celular, imágenes satelitales,
tableros de datos, alertas, publicaciones en redes, sensores, geolocalización.
Esa
última capa no es un simple espejo del espacio geográfico. Organiza lo que
sabemos, lo que discutimos y hasta lo que consideramos urgente.
Por eso,
en este Día de la Tierra, es importante poner el foco en dos preguntas que son sencillas en apariencia, pero muy profundas desde el punto de vista geográfico:
¿Cómo se
vuelve visible hoy un problema ambiental?
¿Cómo
pasa de ser un hecho localizado a convertirse en un tema público y en una
decisión política o social?
La
Geografía tiene un valor estratégico para pensar estas cuestiones, porque
trabaja con una idea que ordena todo lo ambiental: los procesos son
territoriales y se expresan en espacios geográficos concretos. Además, se
articulan en distintas escalas —local, regional, global— y también están
atravesados por actores sociales, desigualdades e intereses.
Pero al
mismo tiempo, hoy esas expresiones territoriales están cada vez más mediadas
por el ciberespacio, que no es un mundo separado, sino una trama de
infraestructuras, datos y plataformas que influyen en cómo interpretamos la
realidad y en qué respuestas construimos.
En ese
sentido, la Geografía no solo nos permite comprender la Tierra como territorio,
sino también leer críticamente esta segunda capa digital del territorio. Porque
allí también se juega poder: qué se muestra, qué se mide, qué se invisibiliza,
qué circula y qué no. Y dentro de esa capa, la inteligencia artificial (IA)
empieza a ocupar un lugar cada vez más relevante, potenciando el monitoreo y la
gestión ambientales, pero también generando sus propias huellas e impactos que
debemos problematizar, porque estamos frente a un cambio de escala. La IA
aceleró este proceso de forma exponencial.
Tres
claves para “hacer territorio” lo ambiental
La
Geografía fue cambiando de manera muy dinámica con el correr del tiempo. Hoy no
se trata solo de describir lugares o problemáticas, sino de entender e
interpretar relaciones. La Geografía contemporánea se define justamente por su
capacidad de interpretar esos vínculos y, sobre todo, de volver visibles las
formas en que los problemas ambientales se distribuyen de manera desigual en el
territorio.
Muchas
veces lo ambiental aparece como algo global, casi abstracto. Sin embargo, sus
efectos, sus responsables y también sus posibles soluciones siempre se
materializan en espacios concretos. En este sentido, la Geografía aporta tres
claves fundamentales:
· localización,
· escala y
· comprensión
de las relaciones sociedad-naturaleza.
La
localización
En
educación ambiental y dentro de la geografía en general el “dónde” no es
decorativo: es parte del diagnóstico. No es lo mismo un incendio en interfaz
urbano-rural que en un área protegida; no es lo mismo la contaminación puntual
en un curso de agua urbano que la degradación difusa en una cuenca agrícola. Sin
localización y delimitación (¿qué área, qué recorte?), el problema se vuelve
abstracto.
La escala
La
Geografía nos enseña a cambiar de lente, a entender que un mismo
fenómeno puede tener explicaciones y consecuencias distintas según cómo lo
miremos. Un problema que parece barrial puede tener causas regionales, y una
política pensada a nivel provincial puede fracasar si no dialoga con dinámicas
locales. En la educación ambiental es fundamental no confundir “lo global” con
“lo lejano”. El cambio climático, por ejemplo, se comprende mucho mejor cuando
lo conectamos con riesgos y vulnerabilidades concretas, situadas.
Relaciones
entre sociedad y naturaleza como procesos históricos, económicos y culturales
Los
problemas ambientales nunca son “naturales”. Detrás de un basural, de un
incendio recurrente o de la pérdida de humedales, suelen haber decisiones sobre
el uso del suelo, modelos productivos, infraestructuras, regulaciones, formas
de consumo y también desigualdades en el acceso a los bienes comunes. La
Geografía, justamente, nos ayuda a conectar todos esos elementos sin caer en
explicaciones simplistas.
En síntesis,
la Geografía aporta un modo de comprensión territorial sistémico, multicausal y
multiescalar.
Pero este
enfoque hoy necesita ampliarse y el giro contemporáneo es la manera en que
comprendemos actualmente el territorio. Esta forma está profundamente mediada
por lo digital, y es ahí donde cobran relevancia el ciberespacio y la IA.
¿Qué es
el ciberespacio para la Geografía?
El
ciberespacio no es algo “virtual” sino que es infraestructura. Cuando hablamos
de ciberespacio dentro de la geografía, no nos referimos simplemente a Internet
como un espacio de comunicación, ni como algo puramente virtual. Lo fundamental
es entender que el ciberespacio es una combinación de infraestructura, datos
y prácticas.
Nos
referimos a satélites, antenas, cables, centros de datos y sensores; pero
también a datos georreferenciados y de plataformas que organizan cómo vemos y
entendemos el territorio.
En la
práctica cotidiana —y también en el aula— estas cuestiones surgen de manera habitual.
Usamos mapas en el celular para ubicarnos, miramos imágenes satelitales para
observar cambios territoriales, consultamos capas de incendios, gráficos sobre
emisiones o incluso videos que terminan siendo la principal fuente de
información sobre un evento ambiental. Por eso, es clave insistir en la
siguiente cuestión: el ciberespacio no está afuera del territorio. Está
anclado en él y, además, lo influye activamente.
Desde
esta perspectiva, el impacto del ciberespacio en la realidad geográfica es muy
concreto. Por un lado, amplía de gran manera nuestra capacidad de monitoreo
ambiental. Hoy podemos observar incendios, inundaciones, sequías o cambios en
la cobertura del suelo con un nivel de detalle y continuidad que antes era
impensado. Así se fortalece la enseñanza de la Geografía porque permite
trabajar con evidencia, comparar escalas y hacer visibles procesos que de otro
modo serían difíciles de percibir.
Pero al
mismo tiempo, el ciberespacio también reordena la agenda pública. Muchas
veces, un problema ambiental se vuelve un tema clave no solo por su gravedad,
sino por su circulación digital. Una imagen, un mapa, un video o una denuncia
georreferenciada pueden hacer que un evento local escale rápidamente. En tal
sentido, se abren posibilidades muy interesantes de participación social, pero
también se producen tensiones, porque no siempre lo más visible coincide con lo
más estructural.
Como
vemos, lo digital no reemplaza lo material: lo reorganiza.
Las
plataformas, los datos y las tecnologías reconfiguran prácticas territoriales
como la movilidad, el consumo, la logística o el turismo. A través de ello se
producen grandes impactos en las emisiones, en el uso de la energía, en la
presión sobre ciertos espacios y en las formas de expansión urbana. En ese
sentido, el ciberespacio no desmaterializa el mundo, sino que lo reconfigura.
También
aparece un punto que es clave para la enseñanza: la disputa por la autoridad
del dato. Muchas veces los mapas, los indicadores o los tableros se
presentan como si fueran neutros; en realidad dependen de decisiones: qué se
mide, cómo se clasifica, en qué escala, con qué recorte temporal. Por eso,
enseñar Geografía hoy también implica formar una mirada crítica sobre esas
representaciones: preguntarnos quién produce la información, con qué
propósito, qué muestra y qué deja afuera.
La
inteligencia artificial se apoya en este entramado y permite
detectar patrones y automatizar análisis sobre grandes volúmenes de información.
Sin
embargo, en el marco del Día de la Tierra, también es importante
sostener una mirada equilibrada. La inteligencia artificial puede ser una
herramienta poderosa para cuidar el territorio, pero al mismo tiempo tiene sus
propias huellas ambientales. Hay que clarificar que la IA consume energía, agua
y materiales, y esos consumos no son abstractos, sino que se localizan en
territorios concretos. Por eso, más que pensarla solo como
solución, también necesitamos incorporarla como parte del problema y del
análisis geográfico.
¿Qué ocurre
cuando la nube se vuelve territorio?
Tanques
que contienen el refrigerante para los servidores se ven en un centro de datos
de Google en Saint Ghislain el 10 de abril de 2013 (REUTERS/Yves Herman/Foto de
archivo)
Durante
años dijimos “la nube” como si fuera algo liviano, casi etéreo. Como si
los datos flotaran en el aire, sin peso, sin lugar. Pero hoy sabemos que eso es
una ilusión que no es real.
La nube
tiene dirección, tiene coordenadas, tiene territorio. Cada mensaje que
enviamos, cada clase virtual, cada video, cada consulta a inteligencia
artificial pasan por lugares físicos que son edificios gigantescos con
de servidores que funcionan sin pausa, consumen enormes cantidades de energía y
millones de litros de agua para no colapsar por el calor. Si bien esto no era visible
hace un tiempo, en la actualidad esas infraestructuras ya no están escondidas:
hoy compiten por suelo, por electricidad y por recursos con ciudades enteras.
Estamos
frente a un cambio de escala. La inteligencia artificial aceleró este proceso
de forma exponencial. Lo que antes era crecimiento, ahora es presión. Presión
sobre las redes eléctricas, sobre los sistemas hídricos, sobre los territorios.
Presión que ya está generando conflictos: hay ciudades que frenan nuevas
instalaciones, comunidades que cuestionan el uso del agua, Estados que empiezan
a intervenir.
Entonces
las preguntas ya no son solo tecnológicas. Son profundamente geográficas:
¿dónde se instalan estos centros?, ¿quién decide?, ¿qué territorios se
benefician y cuáles asumen los costos?, ¿qué pasa cuando la infraestructura que
sostiene lo digital empieza a tensionar los límites físicos del planeta?
Si damos
un paso más y llevamos estas preguntas a datos concretos, aparece algo clave:
la infraestructura digital y la inteligencia artificial tienen huellas
ambientales, y esas huellas son, ante todo, territoriales.
En
términos energéticos, el crecimiento del consumo eléctrico está estrechamente
ligado a la expansión de los centros de datos y, dentro de ellos, al aumento de
las cargas asociadas a la inteligencia artificial. Para dimensionarlo,
hace poco, Mark Zuckerberg anunció que Meta va a construir un conjunto de
centros de datos gigantesco, de un tamaño similar a toda la isla de Manhattan.
Para darnos una idea de la escala; este complejo va a consumir tanta energía
como una ciudad de alrededor de dos millones de personas, y va a estar repleto
de más de un millón de procesadores pensados para la inteligencia artificial.
La
comparación con una ciudad entera no es retórica: ilustra el cambio de escala
en el que se desarrolla la infraestructura digital.
No es
solo un dato técnico: es una invitación a pensar geográficamente la energía.
Porque ese consumo no ocurre en el vacío. Ocurre en territorios con matrices
energéticas específicas, con regulaciones concretas y con infraestructuras que
pueden sostener —o no— esa demanda.
El agua
introduce otra cuestión, muchas veces menos visible pero igualmente crítica.
Los centros de datos utilizan grandes volúmenes de agua para la refrigeración,
ya sea de forma directa o indirecta a través de la generación eléctrica. La
huella hídrica de la inteligencia artificial en esos centros es muy alta, pero además es profundamente
desigual. Parte de ese consumo ni siquiera es visible a simple vista, porque
está distribuido en cadenas indirectas. Por eso, más que memorizar cifras, lo
importante es formular preguntas situadas: ¿dónde se está utilizando esa
agua?, ¿en territorios con abundancia o con estrés hídrico?, ¿qué actores
participan en esa apropiación del recurso?
A la
cuestión del agua se suma la dimensión material, muchas veces invisibilizada
detrás del discurso digital. La
inteligencia artificial depende de hardware intensivo: chips, servidores,
dispositivos que forman parte de cadenas globales de extracción, producción y
descarte. Esto conecta la nube con territorios concretos vinculados a la minería,
la industria tecnológica y los residuos electrónicos. En otras palabras, lo
digital no elimina la materialidad: la redistribuye a escala global. No es algo
etéreo es algo totalmente inserto en el territorio. Está localizado.
Frente a
este escenario, la clave no es plantear una dicotomía simplista entre “IA, sí”
o “IA, no”, porque para bien o para mal la IA vino para quedarse, sino incorporar
una mirada geográfica. Aprender a localizar impactos, a cambiar de escala, a
identificar actores y a discutir formas de gobernanza. Porque todos usamos
estas tecnologías, pero no siempre somos conscientes de la huella que implican.
Hoy los
centros de datos dejaron de ser discretas instalaciones técnicas escondidas en
las afueras. Se convirtieron en un asunto de Estado, en motor de inversión y en
objeto de disputa política. Ya no se habla solamente de cuánto cuestan o qué
tan rápido procesan la información, sino de cuánta energía y agua requieren,
qué tensiones provocan en las redes eléctricas y hasta qué comunidades pueden o
no aceptar tenerlos en su territorio.
La “nube”
es hoy un actor físico y político que ocupa suelo, demanda recursos y modifica
paisajes.
Un
automóvil pasa junto a un edificio del Digital Realty Data Center en Ashburn,
Virginia, EEUU, el 17 de marzo de 2025 (REUTERS/Leah Millis. A)
Finalmente, aparece algo clave para la educación, que ya planteamos, pero es necesario ampliar, y es la disputa por la verdad sobre el territorio.
Los mapas
y los datos no son neutros. En un contexto de sobreinformación y desinformación
ambiental, formar ciudadanía hoy también implica formar una ciudadanía
ambiental digital.
Formar
personas capaces de interpretar, cuestionar y poner en contexto la información:
leer mapas, verificar fuentes, entender las escalas y reconocer sesgos o fake
news.
La nube
no es algo del futuro: es el presente. Es una de las formas más concretas en
que hoy se organiza —y se disputa— el poder sobre el territorio.
En este
contexto, pensar el Día de la Tierra implica reconocer que el territorio en la
actualidad, no solo se transforma a través de las actividades tradicionales
como la agricultura o la industria, lo urbano o lo rural, sino también por
estas nuevas infraestructuras invisibilizadas.
En el Día
de la Tierra
La
Geografía aporta algo fundamental: nos permite entender que los problemas
ambientales no son abstractos, sino territoriales.
Hoy
habitamos un mundo donde la Tierra no solo se vive, sino que también se mide,
se modeliza y se representa digitalmente. En ese proceso, se juegan decisiones,
intereses y desigualdades.
Por eso,
cuidar la Tierra hoy no es solo proteger ecosistemas. También es cuidar cómo producimos, interpretamos y usamos la información sobre
ella.
Porque,
en definitiva: la Tierra que pisamos y la Tierra que vemos en los datos
no siempre coinciden, tienen que dialogar y, en tal sentido, la Geografía es el
puente.
La profesora Carla Martínez se recibió en el ISFD N° 54 de Florencio Varela, provincia de Buenos Aires y coordina la revista Profes Geo.
IV Foro Geográfico Federal - El valor de la Geografía en el contexto del día de la Tierra.
En vivo desde el Aula Magna del ISARM. Disertantes:
- Dra. Diana Durán – Universidad Del Salvador, Fondo Verde Institute. Perú.
- Dra. Mónica García- Sociedad Argentina de Estudios Geográficos – GAEA. Profesora emérita de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
- Prof. Carla Martínez – ISFD N°74 Olga Cossentini, Florencio Varela, provincia de Bs. As. Coordinadora y editora de la revista ProfesGEO.
Moderador:
- Dr. Sergio Páez - Instituto Superior “Antonio Ruiz de Montoya”. Sociedad Argentina de Estudios Geográficos – GAEA.



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