viernes, 24 de abril de 2026

DÍA DE LA TIERRA. EL VALOR DE LA GEOGRAFÍA EN UN MUNDO MEDIADO POR EL CIBERESPACIO


IV Foro Geográfico – Día de la Tierra. 
2026 en el Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya de Posadas Misiones


DÍA DE LA TIERRA. EL VALOR DE LA GEOGRAFÍA EN UN MUNDO MEDIADO POR EL CIBERESPACIO

Profesora Carla Martínez

 

La Tierra que pisamos y la Tierra que miramos

Como sabemos la Geografía sigue siendo clave para pensar la Tierra porque hoy los problemas ambientales se viven en territorios concretos, pero se comprenden, se discuten y se gestionan crecientemente a través de datos, mapas y plataformas digitales, que se gestionan en la nube y es esta misma nube la que hoy está reconfigurando los territorios de manera alarmantemente rápida.

La pregunta que resulta inevitable es: ¿cuántas decisiones sobre el ambiente se toman mirando una pantalla?

En la vida cotidiana vemos la Tierra en dos capas. Por un lado, la capa material: el suelo, el agua, el aire, los ecosistemas, las ciudades y las infraestructuras.

Por otro lado, una capa digital: mapas en el celular, imágenes satelitales, tableros de datos, alertas, publicaciones en redes, sensores, geolocalización.

Esa última capa no es un simple espejo del espacio geográfico. Organiza lo que sabemos, lo que discutimos y hasta lo que consideramos urgente.

Por eso, en este Día de la Tierra, es importante poner el foco en dos preguntas que son sencillas en apariencia, pero muy profundas desde el punto de vista geográfico:

¿Cómo se vuelve visible hoy un problema ambiental?

¿Cómo pasa de ser un hecho localizado a convertirse en un tema público y en una decisión política o social?

 

La Geografía tiene un valor estratégico para pensar estas cuestiones, porque trabaja con una idea que ordena todo lo ambiental: los procesos son territoriales y se expresan en espacios geográficos concretos. Además, se articulan en distintas escalas —local, regional, global— y también están atravesados por actores sociales, desigualdades e intereses.

Pero al mismo tiempo, hoy esas expresiones territoriales están cada vez más mediadas por el ciberespacio, que no es un mundo separado, sino una trama de infraestructuras, datos y plataformas que influyen en cómo interpretamos la realidad y en qué respuestas construimos.

En ese sentido, la Geografía no solo nos permite comprender la Tierra como territorio, sino también leer críticamente esta segunda capa digital del territorio. Porque allí también se juega poder: qué se muestra, qué se mide, qué se invisibiliza, qué circula y qué no. Y dentro de esa capa, la inteligencia artificial (IA) empieza a ocupar un lugar cada vez más relevante, potenciando el monitoreo y la gestión ambientales, pero también generando sus propias huellas e impactos que debemos problematizar, porque estamos frente a un cambio de escala. La IA aceleró este proceso de forma exponencial.

 

Tres claves para “hacer territorio” lo ambiental

La Geografía fue cambiando de manera muy dinámica con el correr del tiempo. Hoy no se trata solo de describir lugares o problemáticas, sino de entender e interpretar relaciones. La Geografía contemporánea se define justamente por su capacidad de interpretar esos vínculos y, sobre todo, de volver visibles las formas en que los problemas ambientales se distribuyen de manera desigual en el territorio.

Muchas veces lo ambiental aparece como algo global, casi abstracto. Sin embargo, sus efectos, sus responsables y también sus posibles soluciones siempre se materializan en espacios concretos. En este sentido, la Geografía aporta tres claves fundamentales:

·       localización,

·       escala y

·       comprensión de las relaciones sociedad-naturaleza.

La localización

En educación ambiental y dentro de la geografía en general el “dónde” no es decorativo: es parte del diagnóstico. No es lo mismo un incendio en interfaz urbano-rural que en un área protegida; no es lo mismo la contaminación puntual en un curso de agua urbano que la degradación difusa en una cuenca agrícola. Sin localización y delimitación (¿qué área, qué recorte?), el problema se vuelve abstracto.

La escala

La Geografía nos enseña a cambiar de lente, a entender que un mismo fenómeno puede tener explicaciones y consecuencias distintas según cómo lo miremos. Un problema que parece barrial puede tener causas regionales, y una política pensada a nivel provincial puede fracasar si no dialoga con dinámicas locales. En la educación ambiental es fundamental no confundir “lo global” con “lo lejano”. El cambio climático, por ejemplo, se comprende mucho mejor cuando lo conectamos con riesgos y vulnerabilidades concretas, situadas.

Relaciones entre sociedad y naturaleza como procesos históricos, económicos y culturales

Los problemas ambientales nunca son “naturales”. Detrás de un basural, de un incendio recurrente o de la pérdida de humedales, suelen haber decisiones sobre el uso del suelo, modelos productivos, infraestructuras, regulaciones, formas de consumo y también desigualdades en el acceso a los bienes comunes. La Geografía, justamente, nos ayuda a conectar todos esos elementos sin caer en explicaciones simplistas.

En síntesis, la Geografía aporta un modo de comprensión territorial sistémico, multicausal y multiescalar.

Pero este enfoque hoy necesita ampliarse y el giro contemporáneo es la manera en que comprendemos actualmente el territorio. Esta forma está profundamente mediada por lo digital, y es ahí donde cobran relevancia el ciberespacio y la IA.

¿Qué es el ciberespacio para la Geografía?

El ciberespacio no es algo “virtual” sino que es infraestructura. Cuando hablamos de ciberespacio dentro de la geografía, no nos referimos simplemente a Internet como un espacio de comunicación, ni como algo puramente virtual. Lo fundamental es entender que el ciberespacio es una combinación de infraestructura, datos y prácticas.

Nos referimos a satélites, antenas, cables, centros de datos y sensores; pero también a datos georreferenciados y de plataformas que organizan cómo vemos y entendemos el territorio.

En la práctica cotidiana —y también en el aula— estas cuestiones surgen de manera habitual. Usamos mapas en el celular para ubicarnos, miramos imágenes satelitales para observar cambios territoriales, consultamos capas de incendios, gráficos sobre emisiones o incluso videos que terminan siendo la principal fuente de información sobre un evento ambiental. Por eso, es clave insistir en la siguiente cuestión: el ciberespacio no está afuera del territorio. Está anclado en él y, además, lo influye activamente.

Desde esta perspectiva, el impacto del ciberespacio en la realidad geográfica es muy concreto. Por un lado, amplía de gran manera nuestra capacidad de monitoreo ambiental. Hoy podemos observar incendios, inundaciones, sequías o cambios en la cobertura del suelo con un nivel de detalle y continuidad que antes era impensado. Así se fortalece la enseñanza de la Geografía porque permite trabajar con evidencia, comparar escalas y hacer visibles procesos que de otro modo serían difíciles de percibir.

Pero al mismo tiempo, el ciberespacio también reordena la agenda pública. Muchas veces, un problema ambiental se vuelve un tema clave no solo por su gravedad, sino por su circulación digital. Una imagen, un mapa, un video o una denuncia georreferenciada pueden hacer que un evento local escale rápidamente. En tal sentido, se abren posibilidades muy interesantes de participación social, pero también se producen tensiones, porque no siempre lo más visible coincide con lo más estructural.

Como vemos, lo digital no reemplaza lo material: lo reorganiza.

Las plataformas, los datos y las tecnologías reconfiguran prácticas territoriales como la movilidad, el consumo, la logística o el turismo. A través de ello se producen grandes impactos en las emisiones, en el uso de la energía, en la presión sobre ciertos espacios y en las formas de expansión urbana. En ese sentido, el ciberespacio no desmaterializa el mundo, sino que lo reconfigura.

También aparece un punto que es clave para la enseñanza: la disputa por la autoridad del dato. Muchas veces los mapas, los indicadores o los tableros se presentan como si fueran neutros; en realidad dependen de decisiones: qué se mide, cómo se clasifica, en qué escala, con qué recorte temporal. Por eso, enseñar Geografía hoy también implica formar una mirada crítica sobre esas representaciones: preguntarnos quién produce la información, con qué propósito, qué muestra y qué deja afuera.

La inteligencia artificial se apoya en este entramado y permite detectar patrones y automatizar análisis sobre grandes volúmenes de información.

Sin embargo, en el marco del Día de la Tierra, también es importante sostener una mirada equilibrada. La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa para cuidar el territorio, pero al mismo tiempo tiene sus propias huellas ambientales. Hay que clarificar que la IA consume energía, agua y materiales, y esos consumos no son abstractos, sino que se localizan en territorios concretos. Por eso, más que pensarla solo como solución, también necesitamos incorporarla como parte del problema y del análisis geográfico.



¿Qué ocurre cuando la nube se vuelve territorio?

Tanques que contienen el refrigerante para los servidores se ven en un centro de datos de Google en Saint Ghislain el 10 de abril de 2013 (REUTERS/Yves Herman/Foto de archivo)

 

Durante años dijimos “la nube” como si fuera algo liviano, casi etéreo. Como si los datos flotaran en el aire, sin peso, sin lugar. Pero hoy sabemos que eso es una ilusión que no es real.

La nube tiene dirección, tiene coordenadas, tiene territorio. Cada mensaje que enviamos, cada clase virtual, cada video, cada consulta a inteligencia artificial pasan por lugares físicos que son edificios gigantescos con de servidores que funcionan sin pausa, consumen enormes cantidades de energía y millones de litros de agua para no colapsar por el calor. Si bien esto no era visible hace un tiempo, en la actualidad esas infraestructuras ya no están escondidas: hoy compiten por suelo, por electricidad y por recursos con ciudades enteras.

Estamos frente a un cambio de escala. La inteligencia artificial aceleró este proceso de forma exponencial. Lo que antes era crecimiento, ahora es presión. Presión sobre las redes eléctricas, sobre los sistemas hídricos, sobre los territorios. Presión que ya está generando conflictos: hay ciudades que frenan nuevas instalaciones, comunidades que cuestionan el uso del agua, Estados que empiezan a intervenir.

Entonces las preguntas ya no son solo tecnológicas. Son profundamente geográficas: ¿dónde se instalan estos centros?, ¿quién decide?, ¿qué territorios se benefician y cuáles asumen los costos?, ¿qué pasa cuando la infraestructura que sostiene lo digital empieza a tensionar los límites físicos del planeta?

Si damos un paso más y llevamos estas preguntas a datos concretos, aparece algo clave: la infraestructura digital y la inteligencia artificial tienen huellas ambientales, y esas huellas son, ante todo, territoriales.

En términos energéticos, el crecimiento del consumo eléctrico está estrechamente ligado a la expansión de los centros de datos y, dentro de ellos, al aumento de las cargas asociadas a la inteligencia artificial. Para dimensionarlo, hace poco, Mark Zuckerberg anunció que Meta va a construir un conjunto de centros de datos gigantesco, de un tamaño similar a toda la isla de Manhattan. Para darnos una idea de la escala; este complejo va a consumir tanta energía como una ciudad de alrededor de dos millones de personas, y va a estar repleto de más de un millón de procesadores pensados para la inteligencia artificial.

La comparación con una ciudad entera no es retórica: ilustra el cambio de escala en el que se desarrolla la infraestructura digital.

No es solo un dato técnico: es una invitación a pensar geográficamente la energía. Porque ese consumo no ocurre en el vacío. Ocurre en territorios con matrices energéticas específicas, con regulaciones concretas y con infraestructuras que pueden sostener —o no— esa demanda.

El agua introduce otra cuestión, muchas veces menos visible pero igualmente crítica. Los centros de datos utilizan grandes volúmenes de agua para la refrigeración, ya sea de forma directa o indirecta a través de la generación eléctrica. La huella hídrica de la inteligencia artificial en esos centros es muy alta, pero además es profundamente desigual. Parte de ese consumo ni siquiera es visible a simple vista, porque está distribuido en cadenas indirectas. Por eso, más que memorizar cifras, lo importante es formular preguntas situadas: ¿dónde se está utilizando esa agua?, ¿en territorios con abundancia o con estrés hídrico?, ¿qué actores participan en esa apropiación del recurso?

A la cuestión del agua se suma la dimensión material, muchas veces invisibilizada detrás del discurso digital.  La inteligencia artificial depende de hardware intensivo: chips, servidores, dispositivos que forman parte de cadenas globales de extracción, producción y descarte. Esto conecta la nube con territorios concretos vinculados a la minería, la industria tecnológica y los residuos electrónicos. En otras palabras, lo digital no elimina la materialidad: la redistribuye a escala global. No es algo etéreo es algo totalmente inserto en el territorio. Está localizado.

Frente a este escenario, la clave no es plantear una dicotomía simplista entre “IA, sí” o “IA, no”, porque para bien o para mal la IA vino para quedarse, sino incorporar una mirada geográfica. Aprender a localizar impactos, a cambiar de escala, a identificar actores y a discutir formas de gobernanza. Porque todos usamos estas tecnologías, pero no siempre somos conscientes de la huella que implican.

Hoy los centros de datos dejaron de ser discretas instalaciones técnicas escondidas en las afueras. Se convirtieron en un asunto de Estado, en motor de inversión y en objeto de disputa política. Ya no se habla solamente de cuánto cuestan o qué tan rápido procesan la información, sino de cuánta energía y agua requieren, qué tensiones provocan en las redes eléctricas y hasta qué comunidades pueden o no aceptar tenerlos en su territorio. 

La “nube” es hoy un actor físico y político que ocupa suelo, demanda recursos y modifica paisajes.


Un automóvil pasa junto a un edificio del Digital Realty Data Center en Ashburn, Virginia, EEUU, el 17 de marzo de 2025 (REUTERS/Leah Millis. A)

Finalmente, aparece algo clave para la educación, que ya planteamos, pero es necesario ampliar, y es la disputa por la verdad sobre el territorio.

Los mapas y los datos no son neutros. En un contexto de sobreinformación y desinformación ambiental, formar ciudadanía hoy también implica formar una ciudadanía ambiental digital.

Formar personas capaces de interpretar, cuestionar y poner en contexto la información: leer mapas, verificar fuentes, entender las escalas y reconocer sesgos o fake news.

La nube no es algo del futuro: es el presente. Es una de las formas más concretas en que hoy se organiza —y se disputa— el poder sobre el territorio.

En este contexto, pensar el Día de la Tierra implica reconocer que el territorio en la actualidad, no solo se transforma a través de las actividades tradicionales como la agricultura o la industria, lo urbano o lo rural, sino también por estas nuevas infraestructuras invisibilizadas.

En el Día de la Tierra

La Geografía aporta algo fundamental: nos permite entender que los problemas ambientales no son abstractos, sino territoriales.

Hoy habitamos un mundo donde la Tierra no solo se vive, sino que también se mide, se modeliza y se representa digitalmente. En ese proceso, se juegan decisiones, intereses y desigualdades.

Por eso, cuidar la Tierra hoy no es solo proteger ecosistemas. También es cuidar cómo producimos, interpretamos y usamos la información sobre ella.

Porque, en definitiva: la Tierra que pisamos y la Tierra que vemos en los datos no siempre coinciden, tienen que dialogar y, en tal sentido, la Geografía es el puente.


La profesora Carla Martínez se recibió en el ISFD N° 54 de Florencio Varela, provincia de Buenos Aires y coordina la revista Profes Geo.


IV Foro Geográfico Federal - El valor de la Geografía en el contexto del día de la Tierra.

En vivo desde el Aula Magna del ISARM. Disertantes:

  • Dra. Diana Durán – Universidad Del Salvador, Fondo Verde Institute. Perú.
  • Dra. Mónica García- Sociedad Argentina de Estudios Geográficos – GAEA. Profesora emérita de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
  • Prof. Carla Martínez – ISFD N°74 Olga Cossentini, Florencio Varela, provincia de Bs. As. Coordinadora y editora de la revista ProfesGEO.

Moderador:

  • Dr. Sergio Páez - Instituto Superior “Antonio Ruiz de Montoya”. Sociedad Argentina de Estudios Geográficos – GAEA.


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