EL PÉNDULO GLOBAL: ASIA
ORIENTAL Y LA RECONFIGURACIÓN DEL ORDEN MUNDIAL
Dr. Sergio Páez
El orden mundial posterior a
la Guerra Fría, caracterizado por la hegemonía indiscutible de Estados Unidos y
el diseño institucional de Occidente, atraviesa un proceso de profunda
mutación.
El epicentro dinámico de
este cambio no se encuentra en las capitales atlánticas, sino en Asia Oriental.
El ascenso económico, tecnológico y militar de esta región —liderado por China,
pero respaldado por la solidez de actores del poder tales como Japón y Corea
del Sur— está desplazando el eje geopolítico global del Atlántico al Pacífico.
Este fenómeno no implica únicamente una redistribución del poder material, sino
también un desafío directo a las normas, valores e instituciones que han gobernado
las relaciones internacionales durante las últimas ocho décadas.
El Ascenso económico y el tránsito
del eje geopolítico
El factor primordial en la
metamorfosis del orden global ha sido el vertiginoso desarrollo económico de
Asia Oriental. Iniciado por el "milagro japonés" en la posguerra,
continuado por los "tigres asiáticos" se ha consolidado de forma intensa
y total por la apertura económica de China. La región se ha transformado en la
fábrica del mundo y en el principal motor de innovación tecnológica.
Este desplazamiento de la
riqueza ha modificado la economía global. Proyectos de infraestructura a gran
escala, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (la Nueva Ruta de la
Seda), ejemplifican cómo Asia Oriental no solo participa en los flujos
globales, sino que está rediseñando los mapas de conectividad comercial y
energética en Eurasia y África. La creación de instituciones financieras
alternativas, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII),
demuestra una clara voluntad de construir un andamiaje financiero que no
dependa exclusivamente del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial.
El desafío al multilateralismo
occidental
La transición de poder en
Asia Oriental plantea una dicotomía en la estructura del orden mundial. Por un
lado, se observa una fuerte tendencia hacia la multipolaridad, en la que China
busca reclamar un estatus de gran potencia y establecer una esfera de
influencia regional que restrinja la presencia militar y política
estadounidense en el Indo-Pacífico. Este choque de visiones ha reactivado la
teoría de las trampas geopolíticas clásicas, donde una potencia emergente
desafía la preeminencia de la potencia establecida.
Por otro lado, coexiste un
entramado de profundas interdependencias. A diferencia de la Guerra Fría, las
economías de Asia Oriental y Occidente están íntimamente ligadas mediante
complejas cadenas globales de suministro. Esto genera que el orden actual no se
fracture en forma notoria en bloques ideológicos cerrados, sino que se
caracterice por una intensa competencia en áreas estratégicas (como los
semiconductores, la inteligencia artificial y el control de rutas marítimas) en
un marco de convivencia económica obligada.
Tensiones regionales y seguridad
global
A pesar de su éxito
comercial, Asia Oriental adolece de una arquitectura de seguridad regional
robusta. La persistencia de disputas territoriales en el Mar de China
Meridional, las tensiones en el Estrecho de Taiwán y la inestabilidad en la península
de Corea representan algunos de los puntos de fricción más peligrosos.
La respuesta de los actores
regionales frente al ascenso chino ha fragmentado las estrategias de seguridad.
Mientras que países como Japón han flexibilizado sus políticas de defensa
pacifistas y fortalecido alianzas como el Quad junto a Estados Unidos, India y
Australia, otros intentan mantener un delicado equilibrio para no comprometer
sus lazos económicos con Beijing ni su seguridad con Washington. Estas
dinámicas demuestran que el nuevo orden mundial no se define mediante un control
monolítico, sino a través de equilibrios de poder volátiles y minilateralismos
(alianzas pequeñas y focalizadas).
Asia Oriental ha dejado de
ser una periferia del sistema internacional para convertirse en su principal
motor y en el escenario donde se dirimen las reglas del siglo XXI. El orden
mundial ya no es puramente occidental, pero tampoco es exclusivamente asiático;
evoluciona hacia una estructura híbrida y multipolar. El gran desafío global no
radica en impedir el inevitable protagonismo de Asia Oriental, sino en
gestionar la transición de poder de manera que la competencia estratégica no
derive en un conflicto abierto que desmantele la estabilidad global.
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