GEOGRAFIA
DEL ASOMBRO: PAISAJE Y MEMORIA
SERGIO
PAEZ
Hay
paisajes que no se miden en kilómetros, sino en la escala del asombro que dejan
grabado en la memoria. Ver el Himalaya desde el aire, suspendido entre el cielo
y la frontera imprecisa donde Nepal y el Tíbet se tocan, es una experiencia que
redefine cualquier noción de pequeñez humana. Desde la ventanilla, el mundo
allá abajo se había convertido en un océano de piedra blanca, aristas afiladas
y valles profundos donde el silencio parecía tener una densidad física.
Aquellas cumbres que desafían al cielo no parecían pertenecer a la geografía
cotidiana, sino a un reino intemporal, ajeno a cualquier fragilidad.
Sin
embargo, las noticias recientes irrumpieron en mí como un golpe seco, quebrando
la lejanía serena con la que solemos guardar los viajes en la memoria. Al
enterarme de la catástrofe en esa misma región, aquellos mapas mentales y
postales visuales se transformaron de manera súbita. La geografía dejó de ser
solo un espectáculo grandioso para revelar su rostro más crudo: el de una
tierra viva, implacable, donde la belleza convive pared con pared con una
fuerza natural indómita.
Volvieron
de inmediato los detalles: el perfil recortado de los macizos, la luz limpia de
la altura reflejada en el hielo perpetuo, la sensación de estar contemplando el
techo del mundo con una mezcla de vértigo y devoción. Pero esta vez, el
recuerdo viene teñido de un respeto mucho más hondo y una silenciosa tristeza
por la gente que habita esos valles, aquellos que conviven día a día al pie de
gigantes que fascinan al viajero pero que imponen sus propias leyes sobre el
territorio.
Recordar
aquel sobrevuelo hoy es comprender que los lugares que alguna vez contemplamos
nunca permanecen intactos en nuestro interior. Quedan atados a su historia, a
sus cambios y a sus heridas, recordándonos que la fascinación por la tierra
siempre debe ir acompañada de empatía por quienes la habitan y resisten en sus
márgenes.






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