lunes, 31 de agosto de 2026

GEOGRAFÍA DEL ASOMBRO: PAISAJE Y MEMORIA

 


Cordillera del Himalaya

Monte Everest


Valle de Katmandú

GEOGRAFIA DEL ASOMBRO: PAISAJE Y MEMORIA

SERGIO PAEZ

 

Hay paisajes que no se miden en kilómetros, sino en la escala del asombro que dejan grabado en la memoria. Ver el Himalaya desde el aire, suspendido entre el cielo y la frontera imprecisa donde Nepal y el Tíbet se tocan, es una experiencia que redefine cualquier noción de pequeñez humana. Desde la ventanilla, el mundo allá abajo se había convertido en un océano de piedra blanca, aristas afiladas y valles profundos donde el silencio parecía tener una densidad física. Aquellas cumbres que desafían al cielo no parecían pertenecer a la geografía cotidiana, sino a un reino intemporal, ajeno a cualquier fragilidad.

Sin embargo, las noticias recientes irrumpieron en mí como un golpe seco, quebrando la lejanía serena con la que solemos guardar los viajes en la memoria. Al enterarme de la catástrofe en esa misma región, aquellos mapas mentales y postales visuales se transformaron de manera súbita. La geografía dejó de ser solo un espectáculo grandioso para revelar su rostro más crudo: el de una tierra viva, implacable, donde la belleza convive pared con pared con una fuerza natural indómita.

Volvieron de inmediato los detalles: el perfil recortado de los macizos, la luz limpia de la altura reflejada en el hielo perpetuo, la sensación de estar contemplando el techo del mundo con una mezcla de vértigo y devoción. Pero esta vez, el recuerdo viene teñido de un respeto mucho más hondo y una silenciosa tristeza por la gente que habita esos valles, aquellos que conviven día a día al pie de gigantes que fascinan al viajero pero que imponen sus propias leyes sobre el territorio.




Aeropuerto de Katmandú


Llegando al aeropuerto


Aldea nepalí






Recordar aquel sobrevuelo hoy es comprender que los lugares que alguna vez contemplamos nunca permanecen intactos en nuestro interior. Quedan atados a su historia, a sus cambios y a sus heridas, recordándonos que la fascinación por la tierra siempre debe ir acompañada de empatía por quienes la habitan y resisten en sus márgenes.

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