
CUANDO LA
MONTAÑA BAJA A LA CIUDAD: EL NIÑO, EL AUMENTO DE LAS PRECIPITACIONES Y EL
AVANCE URBANO EN SANTIAGO DE CHILE
DR. SERGIO
PÁEZ. DRA. DIANA DURÁN
En forma
periódica, las noticias muestran imágenes impactantes de las comunas del oriente de
Santiago de Chile, como Las Condes o Peñalolén: calles convertidas en ríos de
barro, árboles
arrancados y casas anegadas por sedimentos que bajan desde la cordillera. Con
frecuencia se culpa de todo a las "fuerzas de la naturaleza" o al fenómeno de El
Niño.
Sin
embargo, estos desastres no ocurren por casualidad ni por una simple lluvia
fuerte. Son el resultado de una combinación compleja de factores: un clima oceánico que
trae tormentas más fuertes de lo habitual, una montaña
naturalmente empinada y frágil, y una ciudad que ha ido creciendo hacia
terrenos donde el agua y las rocas que arrastran desaguan de manera natural.
El Niño y el problema del aumento de las lluvias
El fenómeno de El
Niño altera la
temperatura del océano Pacífico y cambia la forma en que se mueven las
tormentas. En la zona central de Chile, esto suele traer inviernos con más lluvias y
tormentas cargadas de humedad tropical.
El
verdadero peligro de estas tormentas no es solo cuánta agua
cae, sino a qué temperatura se produce la precipitación.
Normalmente, en pleno invierno, hace suficiente frío en la
cordillera para que las precipitaciones caigan en forma de nieve a partir de
cierta altura (por ejemplo, a los 2.000 metros sobre el nivel del mar). La
nieve actúa como una esponja natural porque queda depositada
en las cumbres y se derrite lentamente en primavera, alimentando los ríos sin
causar estragos inmediatos.
Durante un
temporal asociado a El Niño, la masa de aire suele estar mucho más tibia, lo
que provoca que el límite donde empieza la nieve (la llamada
"isoterma cero") suba a cotas mucho más altas, a veces por encima de los 3.000 metros. En
consecuencia, se producen las siguientes circunstancias extremas:
Llueve
donde debería nevar: las laderas que antes retenían la nieve ahora reciben millones de litros de
agua líquida en
pocas horas.
El agua baja con fuerza: Al no haber vegetación densa en alta montaña, el agua escurre a gran velocidad por las
laderas, arrastrando el suelo suelto, rocas de diferentes tamaños y ramas hacia
las quebradas.
La naturaleza de la montaña: pendientes y suelo suelto
La
cordillera que bordea a Santiago es geológicamente joven y activa. Esto implica que sus
laderas son muy empinadas y el suelo está compuesto por rocas fracturadas, arena y ripio
acumulado durante miles de años.
Las
quebradas que desembocan en el valle —como las de San Carlos de Apoquindo o la Quebrada
de Macul— son
embudos naturales. Cuando una lluvia cálida y torrencial cae sobre estas cuencas altas, el
agua se mezcla rápidamente con el suelo y las rocas sueltas. Lo que
baja por la quebrada ya no es solo agua, sino una masa densa y pesada de lodo
(un aluvión) que tiene la fuerza suficiente para mover rocas
gigantescas y destruir puentes o muros a su paso.

La huella
humana: construir sobre el paso del agua
Si estas
quebradas desembocaran en valles deshabitados, el fenómeno (la
amenaza) sería simplemente un proceso natural de erosión. El
problema surge cuando la ciudad avanza hacia la falda del cerro y en
consecuencia las vulnerabilidades se incrementan.
Suelos sellados con cemento: Al pavimentar calles, construir casas y estacionamientos, el suelo
pierde la capacidad de infiltración. El agua de lluvia que antes se filtraba en
el suelo, ahora corre directamente por el asfalto como por un tobogán.
Canales y tubos tapados: Muchos cauces naturales por donde bajaba el agua han sido entubados,
desviados o reducidos de tamaño para dar paso a loteos y avenidas. Cuando baja un
aluvión, el barro
y la basura atascan las rejillas y desagües, obligando al torrente a recuperar su curso
original por el medio de las calles.
Pérdida de vegetación nativa: El
desmonte de matorrales y arbustos para construir —sumado a los incendios accidentales o intencionales
en verano—, deja el suelo completamente desprotegido. Sin las
raíces que
sujetan la tierra, las laderas se desmoronan con mucha mayor facilidad.
El riesgo
ambiental
Los
aluviones y deslizamientos en Las Condes y el oriente de Santiago nos enseñan que el
riesgo ambiental no se explica únicamente por la meteorología. El fenómeno de El
Niño aporta el
calor y la humedad necesarios para generar tormentas intensas en altura, pero
es la falta de respeto a la geografía local lo que transforma una lluvia en una
catástrofe urbana. Entender cómo funciona la montaña y reconocer los límites naturales de la cuenca es indispensable para
planificar ciudades más seguras, donde el crecimiento urbano no termine
desafiando el curso natural del agua.
Referencias
bibliográficas
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Vargas, G.
(2016). Peligro aluvional y falla San Ramón: Desafíos para la planificación urbana en
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