Entre pinos y agroquímicos: la batalla silenciosa de productores en el km 18 de Puerto Piray. Radiografía de una tensión socioambiental profunda que define a gran parte de la provincia de Misiones
Dr. Sergio Páez
Entre pinos y agroquímicos: la batalla silenciosa de productores en el km 18 de Puerto Piray. Radiografía de una tensión socioambiental profunda que define a gran parte de la provincia de Misiones
Dr. Sergio Páez
CURITIBA: EL DESAFÍO DE MANTENER EL TRONO DE LA CAPITAL ECOLÓGICA
DR. SERGIO PÁEZ
Curitiba,
la capital del estado de Paraná en Brasil, ha sido durante décadas un referente
mundial de urbanismo inteligente. Desde la implementación de su revolucionario
Plan Director en los años 70 bajo la visión de Jaime Lerner, la ciudad se
transformó en un laboratorio urbano que priorizó al peatón, el transporte
público y las áreas verdes. Sin embargo, el brillo de su título como
"Capital Ecológica" enfrenta hoy tensiones significativas que ponen a
prueba su capacidad de resiliencia en el siglo XXI.
Cinturón verde de Curitiba
El legado
del urbanismo innovador
Las estaciones tubo en Curitiba
La identidad sustentable de Curitiba se construyó
sobre tres pilares fundamentales que aún hoy sirven de base para su
funcionamiento.
El primero
es el Transporte Integrado (BRT) en el que el sistema de Bus Rapid
Transit con sus icónicas estaciones tubo y carriles exclusivos permitió una
movilidad eficiente sin la necesidad de costosas líneas de metro, reduciendo la
huella de carbono de miles de ciudadanos.
El segundo,
la Gestión de Residuos que incluye programas pioneros como "Lixo
que não é Lixo" (Basura que no es basura) y "Câmbio Verde" (en
el que los ciudadanos intercambian reciclables por alimentos frescos). Estos
fomentaron una cultura de responsabilidad ambiental única en la región.
El
tercero, los Pulmones Urbanos pues la ciudad ostenta una impresionante superficie
de áreas verdes por habitante, con una red de parques que no solo sirven para
el ocio, sino que funcionan como sistemas naturales de drenaje para prevenir
inundaciones.
La problemática
del crecimiento moderno
Centro de la ciudad
A pesar de
sus éxitos históricos, el modelo curitibano muestra signos de fatiga ante las
demandas contemporáneas.
El
principal reto es el crecimiento demográfico descontrolado. La expansión de la
mancha urbana hacia la región metropolitana ha creado una periferia que no
siempre goza de la misma planificación que el centro.
La dependencia
del automóvil
Paradójicamente,
aunque Curitiba es la cuna del BRT, la tasa de motorización por habitante es
una de las más altas de Brasil. El sistema de transporte público ha perdido
usuarios debido al encarecimiento del pasaje y a la competencia de las
plataformas de movilidad privada. Esto ha generado una saturación en las vías
que compromete la calidad del aire y la eficiencia del tiempo urbano.
Desigualdad
social y asentamientos informales
La
sostenibilidad no puede ser solo ecológica; debe ser social. El surgimiento de
ocupaciones irregulares en áreas de preservación ambiental o en los límites de
la ciudad dificulta la gestión de residuos y el saneamiento básico. Cuando el
tejido social se fractura, la infraestructura ecológica se vuelve vulnerable al
vandalismo o al descuido.
El cambio
climático y la gestión hídrica
En años
recientes, Curitiba ha enfrentado crisis hídricas severas. La dependencia de
cuencas específicas y la impermeabilización del suelo por el avance del cemento
plantean un dilema: ¿cómo seguir creciendo sin agotar los recursos naturales
que sostienen a la población?
Hacia una sustentabilidad
adaptativa
Para
recuperar su liderazgo, Curitiba necesita evolucionar de una ciudad
planificada a una ciudad inteligente y adaptativa. Esto implica
varios factores como los que siguen.
Electromovilidad: Modernizar
la flota de autobuses hacia energías limpias para cumplir con los estándares
actuales de descarbonización.
Integración
metropolitana: Planificar no solo para el municipio, sino para
toda la red de ciudades satélites que comparten sus recursos y problemas.
Soluciones basadas
en la naturaleza (SbN): Implementar jardines de lluvia y techos verdes
para gestionar el agua de manera más eficiente frente a eventos climáticos
extremos.
Conclusión
Curitiba desde el aire
Curitiba
sigue siendo un ejemplo de que la voluntad política y la innovación pueden
transformar una metrópoli. No obstante, su estatus de ciudad ecológica no es un
trofeo estático, sino un proceso dinámico. El desafío actual radica en no
descansar en los laureles de sus glorias pasadas y enfrentar con autocrítica
los problemas de movilidad, desigualdad y crisis ambiental. Solo mediante una
renovación de su pacto social y urbano podrá Curitiba asegurar que su modelo de
sostenibilidad sea viable para las futuras generaciones.
Referencias
bibliográficas
García Ramos, P. (2014). Curitiba: El despertar de
una ciudad sustentable. Editorial Universitaria.
López de Souza, M. (2011). El desafío
metropolitano: Planificación y gestión en Curitiba. Siglo XXI Editores.
Martínez, J. L. (2018). Sistemas de transporte
masivo: El modelo BRT de Curitiba y su impacto en América Latina. Ediciones
Urbanas.
Destinatarios
Docentes de todos los niveles y modalidades del sistema educativo, equipos directivos y profesionales interesados en la innovación educativa, la educación y gestión ambientales y el desarrollo territorial.
Fundamentación
En el contexto educativo actual, resulta fundamental promover propuestas pedagógicas que articulen la enseñanza con las realidades territoriales y ambientales. Este curso se orienta a repensar la práctica docente desde una perspectiva innovadora, situada y comprometida con el entorno, reconociendo al territorio como un espacio de construcción de saberes atravesado por dimensiones sociales, culturales y ambientales.
La propuesta aborda la innovación educativa como un proceso integral que trasciende la incorporación de nuevas metodologías, poniendo en valor el rol de los docentes como agentes de cambio. En este marco, el aprendizaje situado se presenta como un enfoque clave para fortalecer la relación entre escuela y comunidad, promoviendo experiencias educativas contextualizadas, complejas, críticas y transformadoras.
Asimismo, se integran el análisis del ambiente, el territorio y el desarrollo local como ejes centrales para la construcción de propuestas didácticas que respondan a problemáticas actuales, favoreciendo una educación comprometida con el desarrollo sostenible y la participación comunitaria.
Objetivo general
Fortalecer la formación docente mediante el desarrollo de enfoques y herramientas que permitan diseñar e implementar propuestas educativas innovadoras, situadas en el ambiente y el territorio, promoviendo la vinculación entre escuela, comunidad y desarrollo local.
Contenidos
Departamento de Formación Continua del ISARM sede Posadas
Ayacucho 1962. Posadas. Misiones.
Medios de Contacto:
Teléfono: 0376 - 4440055 interno 250
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Horario de atención:
Lunes a Viernes de 7.00 h a 13.00 h
EL DEBATE SOBRE LA REPRESA
CORPUS: IMPACTOS, TENSIONES Y FUTURO DE MISIONES
Dr. Sergio Páez
El proyecto hidroeléctrico
Corpus Christi es, posiblemente, la cuestión geopolítica y ambiental más
sensible en la historia moderna de la provincia de Misiones. Proyectado
originalmente en la década de los setenta se reactiva periódicamente en la
agenda binacional entre Argentina y Paraguay. Este gigante energético sobre el
río Paraná representa una encrucijada entre el desarrollo industrial nacional y
la identidad socioambiental misionera.
Análisis de los impactos de
la obra en el territorio misionero
El escenario geográfico y el
proyecto
A diferencia de Yacyretá,
Corpus se plantea bajo dos posibles localizaciones: Pindoí o Itacuá. La
elección del sitio determina el nivel de cota (altura del embalse) y, por ende,
la superficie de tierra que quedaría bajo el agua.
Generación estimada: entre
2.800 y 3.500 MW.
Modelo: se propone como una
central de "pasa de agua" o de baja regulación para minimizar el
embalse, aunque el impacto sigue siendo masivo.
Impactos ambientales y ecológicos
Misiones alberga el último
remanente de Selva Paranaense del mundo. La construcción de una represa de esta
magnitud altera irreversiblemente el ecosistema fluvial. Sus consecuencias
serán:
Pérdida de biodiversidad: La inundación de zonas costeras eliminará el
hábitat de especies endémicas. El cambio de un río de corriente rápida (ambiente
lótico) a un ecosistema de aguas quietas (ambiente léntico) provocará la
desaparición de peces migratorios como el dorado o el surubí.
Alteración de la calidad del
agua: El estancamiento favorece la eutrofización que es
el exceso de nutrientes que agota el oxígeno y la proliferación de
cianobacterias, factores que afectarán el suministro de agua potable para las
ciudades ribereñas.
Cambio climático local: Grandes espejos de agua aumentarán la humedad
relativa y podrán alterar el régimen de lluvias y las temperaturas en el
microclima regional.
Impactos socioeconómicos y productivos
En Misiones el suelo no es
solo un recurso sino el sustento de miles de familias agricultoras que sufrirán
impactos.
Relocalización de poblaciones: En localidades como San Ignacio, Corpus o Puerto
Maní muchas familias tendrán que abandonar sus hogares. La experiencia
histórica con Yacyretá dejó una herida abierta respecto a la
"desarticulación social" y las compensaciones insuficientes.
Afectación de la producción: Se perderán tierras fértiles dedicadas a la yerba
mate, el té y la foresto-industria. Además, el turismo —motor económico
provincial— se vería golpeado por la pérdida de paisajes naturales y saltos de
agua.
Regalías vs. costo de vida: Si bien la provincia recibiría regalías
energéticas, el costo social y la pérdida de soberanía sobre sus recursos
hídricos supondrían un costo demasiado alto.
El Impacto cultural y arqueológico
El área de influencia de
Corpus es rica en historia jesuítico-guaraní. En consecuencia, el patrimonio correspondiente
se verá sumergido. Existen yacimientos arqueológicos aún no excavados que
podrían quedar bajo el agua para siempre.
Se suma la cuestión de la identidad
misionera pupes la relación del misionero con el río Paraná es parte de su
idiosincrasia. La transformación del paisaje natural en un paisaje industrial
de hormigón genera un fuerte rechazo emocional y cultural.
El Contexto político y el plebiscito
de 1996
No se puede hacer referencia
a Corpus sin mencionar el histórico NO del 11 de marzo de 1996. En aquel
entonces, casi el 90% de los misioneros votó en contra de la represa en un
plebiscito vinculante.
La memoria del plebiscito de
1996 actúa como un escudo institucional. Cualquier intento de avanzar sin una
consulta popular previa enfrentaría no solo barreras legales, sino una
resistencia social masiva.
Conclusión
La reactivación del debate
sobre la represa Corpus pone en tensión dos visiones de país: una visión
centralista que ve a Misiones como una pila energética para el
desarrollo de los grandes centros urbanos nacionales, y una visión regional que
prioriza la conservación de la biodiversidad y el respeto de la voluntad
popular.
En un mundo que avanza hacia
las energías renovables de menor impacto como la solar o la ecólica, el modelo
de grandes represas es cuestionado por su gigantismo y sus secuelas
irreversibles.
El desafío de Misiones será
sostener su postura en un marco de presión económica nacional creciente.
DÍA DE LA
TIERRA. EL VALOR DE LA GEOGRAFÍA EN UN MUNDO MEDIADO POR EL CIBERESPACIO
Profesora Carla Martínez
La Tierra
que pisamos y la Tierra que miramos
Como
sabemos la Geografía sigue siendo clave para pensar la Tierra porque hoy los
problemas ambientales se viven en territorios concretos, pero se comprenden, se
discuten y se gestionan crecientemente a través de datos, mapas y plataformas
digitales, que se gestionan en la nube y es esta misma nube la que hoy
está reconfigurando los territorios de manera alarmantemente rápida.
La pregunta que resulta inevitable es: ¿cuántas decisiones sobre el ambiente se toman mirando una pantalla?
En la
vida cotidiana vemos la Tierra en dos capas. Por un lado, la capa
material: el suelo, el agua, el aire, los ecosistemas, las ciudades y las
infraestructuras.
Por otro
lado, una capa digital: mapas en el celular, imágenes satelitales,
tableros de datos, alertas, publicaciones en redes, sensores, geolocalización.
Esa
última capa no es un simple espejo del espacio geográfico. Organiza lo que
sabemos, lo que discutimos y hasta lo que consideramos urgente.
Por eso,
en este Día de la Tierra, es importante poner el foco en dos preguntas que son sencillas en apariencia, pero muy profundas desde el punto de vista geográfico:
¿Cómo se
vuelve visible hoy un problema ambiental?
¿Cómo
pasa de ser un hecho localizado a convertirse en un tema público y en una
decisión política o social?
La
Geografía tiene un valor estratégico para pensar estas cuestiones, porque
trabaja con una idea que ordena todo lo ambiental: los procesos son
territoriales y se expresan en espacios geográficos concretos. Además, se
articulan en distintas escalas —local, regional, global— y también están
atravesados por actores sociales, desigualdades e intereses.
Pero al
mismo tiempo, hoy esas expresiones territoriales están cada vez más mediadas
por el ciberespacio, que no es un mundo separado, sino una trama de
infraestructuras, datos y plataformas que influyen en cómo interpretamos la
realidad y en qué respuestas construimos.
En ese
sentido, la Geografía no solo nos permite comprender la Tierra como territorio,
sino también leer críticamente esta segunda capa digital del territorio. Porque
allí también se juega poder: qué se muestra, qué se mide, qué se invisibiliza,
qué circula y qué no. Y dentro de esa capa, la inteligencia artificial (IA)
empieza a ocupar un lugar cada vez más relevante, potenciando el monitoreo y la
gestión ambientales, pero también generando sus propias huellas e impactos que
debemos problematizar, porque estamos frente a un cambio de escala. La IA
aceleró este proceso de forma exponencial.
Tres
claves para “hacer territorio” lo ambiental
La
Geografía fue cambiando de manera muy dinámica con el correr del tiempo. Hoy no
se trata solo de describir lugares o problemáticas, sino de entender e
interpretar relaciones. La Geografía contemporánea se define justamente por su
capacidad de interpretar esos vínculos y, sobre todo, de volver visibles las
formas en que los problemas ambientales se distribuyen de manera desigual en el
territorio.
Muchas
veces lo ambiental aparece como algo global, casi abstracto. Sin embargo, sus
efectos, sus responsables y también sus posibles soluciones siempre se
materializan en espacios concretos. En este sentido, la Geografía aporta tres
claves fundamentales:
· localización,
· escala y
· comprensión
de las relaciones sociedad-naturaleza.
La
localización
En
educación ambiental y dentro de la geografía en general el “dónde” no es
decorativo: es parte del diagnóstico. No es lo mismo un incendio en interfaz
urbano-rural que en un área protegida; no es lo mismo la contaminación puntual
en un curso de agua urbano que la degradación difusa en una cuenca agrícola. Sin
localización y delimitación (¿qué área, qué recorte?), el problema se vuelve
abstracto.
La escala
La
Geografía nos enseña a cambiar de lente, a entender que un mismo
fenómeno puede tener explicaciones y consecuencias distintas según cómo lo
miremos. Un problema que parece barrial puede tener causas regionales, y una
política pensada a nivel provincial puede fracasar si no dialoga con dinámicas
locales. En la educación ambiental es fundamental no confundir “lo global” con
“lo lejano”. El cambio climático, por ejemplo, se comprende mucho mejor cuando
lo conectamos con riesgos y vulnerabilidades concretas, situadas.
Relaciones
entre sociedad y naturaleza como procesos históricos, económicos y culturales
Los
problemas ambientales nunca son “naturales”. Detrás de un basural, de un
incendio recurrente o de la pérdida de humedales, suelen haber decisiones sobre
el uso del suelo, modelos productivos, infraestructuras, regulaciones, formas
de consumo y también desigualdades en el acceso a los bienes comunes. La
Geografía, justamente, nos ayuda a conectar todos esos elementos sin caer en
explicaciones simplistas.
En síntesis,
la Geografía aporta un modo de comprensión territorial sistémico, multicausal y
multiescalar.
Pero este
enfoque hoy necesita ampliarse y el giro contemporáneo es la manera en que
comprendemos actualmente el territorio. Esta forma está profundamente mediada
por lo digital, y es ahí donde cobran relevancia el ciberespacio y la IA.
¿Qué es
el ciberespacio para la Geografía?
El
ciberespacio no es algo “virtual” sino que es infraestructura. Cuando hablamos
de ciberespacio dentro de la geografía, no nos referimos simplemente a Internet
como un espacio de comunicación, ni como algo puramente virtual. Lo fundamental
es entender que el ciberespacio es una combinación de infraestructura, datos
y prácticas.
Nos
referimos a satélites, antenas, cables, centros de datos y sensores; pero
también a datos georreferenciados y de plataformas que organizan cómo vemos y
entendemos el territorio.
En la
práctica cotidiana —y también en el aula— estas cuestiones surgen de manera habitual.
Usamos mapas en el celular para ubicarnos, miramos imágenes satelitales para
observar cambios territoriales, consultamos capas de incendios, gráficos sobre
emisiones o incluso videos que terminan siendo la principal fuente de
información sobre un evento ambiental. Por eso, es clave insistir en la
siguiente cuestión: el ciberespacio no está afuera del territorio. Está
anclado en él y, además, lo influye activamente.
Desde
esta perspectiva, el impacto del ciberespacio en la realidad geográfica es muy
concreto. Por un lado, amplía de gran manera nuestra capacidad de monitoreo
ambiental. Hoy podemos observar incendios, inundaciones, sequías o cambios en
la cobertura del suelo con un nivel de detalle y continuidad que antes era
impensado. Así se fortalece la enseñanza de la Geografía porque permite
trabajar con evidencia, comparar escalas y hacer visibles procesos que de otro
modo serían difíciles de percibir.
Pero al
mismo tiempo, el ciberespacio también reordena la agenda pública. Muchas
veces, un problema ambiental se vuelve un tema clave no solo por su gravedad,
sino por su circulación digital. Una imagen, un mapa, un video o una denuncia
georreferenciada pueden hacer que un evento local escale rápidamente. En tal
sentido, se abren posibilidades muy interesantes de participación social, pero
también se producen tensiones, porque no siempre lo más visible coincide con lo
más estructural.
Como
vemos, lo digital no reemplaza lo material: lo reorganiza.
Las
plataformas, los datos y las tecnologías reconfiguran prácticas territoriales
como la movilidad, el consumo, la logística o el turismo. A través de ello se
producen grandes impactos en las emisiones, en el uso de la energía, en la
presión sobre ciertos espacios y en las formas de expansión urbana. En ese
sentido, el ciberespacio no desmaterializa el mundo, sino que lo reconfigura.
También
aparece un punto que es clave para la enseñanza: la disputa por la autoridad
del dato. Muchas veces los mapas, los indicadores o los tableros se
presentan como si fueran neutros; en realidad dependen de decisiones: qué se
mide, cómo se clasifica, en qué escala, con qué recorte temporal. Por eso,
enseñar Geografía hoy también implica formar una mirada crítica sobre esas
representaciones: preguntarnos quién produce la información, con qué
propósito, qué muestra y qué deja afuera.
La
inteligencia artificial se apoya en este entramado y permite
detectar patrones y automatizar análisis sobre grandes volúmenes de información.
Sin
embargo, en el marco del Día de la Tierra, también es importante
sostener una mirada equilibrada. La inteligencia artificial puede ser una
herramienta poderosa para cuidar el territorio, pero al mismo tiempo tiene sus
propias huellas ambientales. Hay que clarificar que la IA consume energía, agua
y materiales, y esos consumos no son abstractos, sino que se localizan en
territorios concretos. Por eso, más que pensarla solo como
solución, también necesitamos incorporarla como parte del problema y del
análisis geográfico.
¿Qué ocurre
cuando la nube se vuelve territorio?
Tanques
que contienen el refrigerante para los servidores se ven en un centro de datos
de Google en Saint Ghislain el 10 de abril de 2013 (REUTERS/Yves Herman/Foto de
archivo)
Durante
años dijimos “la nube” como si fuera algo liviano, casi etéreo. Como si
los datos flotaran en el aire, sin peso, sin lugar. Pero hoy sabemos que eso es
una ilusión que no es real.
La nube
tiene dirección, tiene coordenadas, tiene territorio. Cada mensaje que
enviamos, cada clase virtual, cada video, cada consulta a inteligencia
artificial pasan por lugares físicos que son edificios gigantescos con
de servidores que funcionan sin pausa, consumen enormes cantidades de energía y
millones de litros de agua para no colapsar por el calor. Si bien esto no era visible
hace un tiempo, en la actualidad esas infraestructuras ya no están escondidas:
hoy compiten por suelo, por electricidad y por recursos con ciudades enteras.
Estamos
frente a un cambio de escala. La inteligencia artificial aceleró este proceso
de forma exponencial. Lo que antes era crecimiento, ahora es presión. Presión
sobre las redes eléctricas, sobre los sistemas hídricos, sobre los territorios.
Presión que ya está generando conflictos: hay ciudades que frenan nuevas
instalaciones, comunidades que cuestionan el uso del agua, Estados que empiezan
a intervenir.
Entonces
las preguntas ya no son solo tecnológicas. Son profundamente geográficas:
¿dónde se instalan estos centros?, ¿quién decide?, ¿qué territorios se
benefician y cuáles asumen los costos?, ¿qué pasa cuando la infraestructura que
sostiene lo digital empieza a tensionar los límites físicos del planeta?
Si damos
un paso más y llevamos estas preguntas a datos concretos, aparece algo clave:
la infraestructura digital y la inteligencia artificial tienen huellas
ambientales, y esas huellas son, ante todo, territoriales.
En
términos energéticos, el crecimiento del consumo eléctrico está estrechamente
ligado a la expansión de los centros de datos y, dentro de ellos, al aumento de
las cargas asociadas a la inteligencia artificial. Para dimensionarlo,
hace poco, Mark Zuckerberg anunció que Meta va a construir un conjunto de
centros de datos gigantesco, de un tamaño similar a toda la isla de Manhattan.
Para darnos una idea de la escala; este complejo va a consumir tanta energía
como una ciudad de alrededor de dos millones de personas, y va a estar repleto
de más de un millón de procesadores pensados para la inteligencia artificial.
La
comparación con una ciudad entera no es retórica: ilustra el cambio de escala
en el que se desarrolla la infraestructura digital.
No es
solo un dato técnico: es una invitación a pensar geográficamente la energía.
Porque ese consumo no ocurre en el vacío. Ocurre en territorios con matrices
energéticas específicas, con regulaciones concretas y con infraestructuras que
pueden sostener —o no— esa demanda.
El agua
introduce otra cuestión, muchas veces menos visible pero igualmente crítica.
Los centros de datos utilizan grandes volúmenes de agua para la refrigeración,
ya sea de forma directa o indirecta a través de la generación eléctrica. La
huella hídrica de la inteligencia artificial en esos centros es muy alta, pero además es profundamente
desigual. Parte de ese consumo ni siquiera es visible a simple vista, porque
está distribuido en cadenas indirectas. Por eso, más que memorizar cifras, lo
importante es formular preguntas situadas: ¿dónde se está utilizando esa
agua?, ¿en territorios con abundancia o con estrés hídrico?, ¿qué actores
participan en esa apropiación del recurso?
A la
cuestión del agua se suma la dimensión material, muchas veces invisibilizada
detrás del discurso digital. La
inteligencia artificial depende de hardware intensivo: chips, servidores,
dispositivos que forman parte de cadenas globales de extracción, producción y
descarte. Esto conecta la nube con territorios concretos vinculados a la minería,
la industria tecnológica y los residuos electrónicos. En otras palabras, lo
digital no elimina la materialidad: la redistribuye a escala global. No es algo
etéreo es algo totalmente inserto en el territorio. Está localizado.
Frente a
este escenario, la clave no es plantear una dicotomía simplista entre “IA, sí”
o “IA, no”, porque para bien o para mal la IA vino para quedarse, sino incorporar
una mirada geográfica. Aprender a localizar impactos, a cambiar de escala, a
identificar actores y a discutir formas de gobernanza. Porque todos usamos
estas tecnologías, pero no siempre somos conscientes de la huella que implican.
Hoy los
centros de datos dejaron de ser discretas instalaciones técnicas escondidas en
las afueras. Se convirtieron en un asunto de Estado, en motor de inversión y en
objeto de disputa política. Ya no se habla solamente de cuánto cuestan o qué
tan rápido procesan la información, sino de cuánta energía y agua requieren,
qué tensiones provocan en las redes eléctricas y hasta qué comunidades pueden o
no aceptar tenerlos en su territorio.
La “nube”
es hoy un actor físico y político que ocupa suelo, demanda recursos y modifica
paisajes.
Un
automóvil pasa junto a un edificio del Digital Realty Data Center en Ashburn,
Virginia, EEUU, el 17 de marzo de 2025 (REUTERS/Leah Millis. A)
Finalmente, aparece algo clave para la educación, que ya planteamos, pero es necesario ampliar, y es la disputa por la verdad sobre el territorio.
Los mapas
y los datos no son neutros. En un contexto de sobreinformación y desinformación
ambiental, formar ciudadanía hoy también implica formar una ciudadanía
ambiental digital.
Formar
personas capaces de interpretar, cuestionar y poner en contexto la información:
leer mapas, verificar fuentes, entender las escalas y reconocer sesgos o fake
news.
La nube
no es algo del futuro: es el presente. Es una de las formas más concretas en
que hoy se organiza —y se disputa— el poder sobre el territorio.
En este
contexto, pensar el Día de la Tierra implica reconocer que el territorio en la
actualidad, no solo se transforma a través de las actividades tradicionales
como la agricultura o la industria, lo urbano o lo rural, sino también por
estas nuevas infraestructuras invisibilizadas.
En el Día
de la Tierra
La
Geografía aporta algo fundamental: nos permite entender que los problemas
ambientales no son abstractos, sino territoriales.
Hoy
habitamos un mundo donde la Tierra no solo se vive, sino que también se mide,
se modeliza y se representa digitalmente. En ese proceso, se juegan decisiones,
intereses y desigualdades.
Por eso,
cuidar la Tierra hoy no es solo proteger ecosistemas. También es cuidar cómo producimos, interpretamos y usamos la información sobre
ella.
Porque,
en definitiva: la Tierra que pisamos y la Tierra que vemos en los datos
no siempre coinciden, tienen que dialogar y, en tal sentido, la Geografía es el
puente.
La profesora Carla Martínez se recibió en el ISFD N° 54 de Florencio Varela, provincia de Buenos Aires y coordina la revista Profes Geo.
IV Foro Geográfico Federal - El valor de la Geografía en el contexto del día de la Tierra.
En vivo desde el Aula Magna del ISARM. Disertantes:
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